Inicio INTERNACIONAL Filipinas busca terminar con bastión del Estado Islámico en Asia

Filipinas busca terminar con bastión del Estado Islámico en Asia

32
0
Compartir

A finales de julio el Parlamento de las Filipinas votó por una amplia mayoría la prórroga definitiva del estado de sitio en la región meridional de Mindanao para todo el año 2017.

La estricta medida ya se había decretado en mayo del año pasado después de la fallida incursión en Marawi, una ciudad de Mindanao que cuenta con alrededor de 200 mil habitantes, en su mayoría musulmanes, considerada el nuevo bastión del Estado Islámico en el Sudeste Asiático.

Uno de los objetivos del ejército filipino era Totoni Isnilon Hapilon, el comandante del grupo Abu Sayyaf, la organización yihadista más temida de la región. Por él los Estados Unidos ofrecen una recompensa de cinco millones de dólares.

En su objetivo de conquistar Marawi, Abu Sayyaf decidió aliarse con otro grupo terrorista surgido en 2013, Maute. Las dos organizaciones han prometido lealtad a Abu Bakr al-Baghdadi, líder del Estado Islámico.

A pesar de que parecen destinados a sucumbir en pocas semanas, los yihadistas, que ahora son solo unos centenares contra siete mil soldados, entre los cuales hay fuerzas especiales entrenadas por los Estados Unidos, no se rinden.

Desde el 23 de mayo, cuando comenzó el sitio, se han registrado más de 550 muertos, de los cuales 400 son yihadistas. Los desplazados, más de 400 mil, se encuentran dispersos en varios centros de acogida por todo Mindanao.

En las Filipinas los enfrentamientos con los grupos yihadistas existen desde hace décadas: ya en los años 70 se habían notificado rebeliones por parte de la población musulmana, una minoría penalizada por el gobierno central.

En 2014, el MILF (Moro Islamic Liberation Front) había firmado un acuerdo de paz con el entonces presidente, Benigno Aquino III, pero el Congreso no aprobó un proyecto de ley para la autonomía del sur que sí constaba en los pactos.

La no ratificación de este acuerdo sería el pretexto utilizado por los grupos yihadistas para luchar de nuevo con el reclutamiento de nuevos militantes, no solo filipinos sino también indonesios y malasios. Y todo gracias a la financiación del Estado Islámico.

Abu Sayyaf ha secuestrado a cientos de filipinos y extranjeros para financiarse con los rescates y lleva a cabo tráfico de personas. En febrero los militantes decapitaron a un hombre alemán que había sido rehén durante unos meses y en 2016 mataron a dos ciudadanos canadienses después de que no se cumplieran las demandas de rescate.

Además, Abu Sayyaf también ha sido acusado de varios atentados terroristas, incluyendo un ataque en 2004 a un ferry en Manila Bay en el que murieron más de un centenar de pasajeros.

Mindanao cuenta con 22 millones de personas y con 11 de las 20 provincias más pobres del país. Ante la persistencia de la situación, el presidente de las Filipinas, Rodrigo Duterte, de un lado ha prometido que entrará en vigor la Bangsamoro Basic Law, que prevé el autogobierno por parte de la población musulmana en el área meridional.

Sin embargo, por otro lado Duterte ha declarado la ley marcial en la isla para “poder gestionar mejor la crisis y el cerco contra los terroristas”. Las protestas de la oposición han sido duras: aseguran que alargar la ley viola la Constitución, que limita su uso a 60 días.

El “régimen será duro”, explicó Duterte en un video publicado en Facebook. “No será distinto de lo que lo hizo el presidente Marcos”, dijo refiriéndose a la ley marcial impuesta por el exdictador de las Filipinas durante 10 años, a partir de 1972, y durante la cual más de tres mil personas murieron y decenas de miles fueron torturadas y encarceladas.

Duterte ha declarado abiertamente que se inspira en Ferdinand Marcos (1965-1986). Las amenazas del presidente dirigidas al Estado Islámico son muy duras.

“Vamos a resolver el problema de Mindanao de una vez por todas: si creo que tienes que morir, morirás. Si luchas contra nosotros, morirás. Si nos desafías, morirás. Y si eso significa que muchas personas van a morir; que así sea”, afirma.

Es en las grandes ciudades de Mindanao, como Iligan, donde se percibe más la imposición de la ley marcial. Todas las entradas y salidas de esta ciudad, de 322 mil habitantes, que se encuentra a solo unos 40 kilómetros de Marawi, están vigilados por unos puntos de control en los que se crean unas colas interminables.

En todos los distritos hay colgados carteles con fotografías y nombres de los yihadistas buscados. Durante el día las calles de Iligan son casi intransitables debido a un tráfico salvaje, mientras que por las noches están desiertas. A las 11 de la noche en punto empieza el toque de queda, que dura hasta las cuatro de la mañana.

“Todo el mundo tiene que estar encerrado en casa -explica durante una patrulla nocturna el agente Mansibang, a bordo de una camioneta-; de lo contrario, por la ley marcial, estamos obligados a ponerlos en la cárcel. Si es la primera vez que la persona es detenida, lo salda con una noche entre rejas, una multa de 300 pesos (unos seis dólares) y un día de servicio a la comunidad”.

“Pero si te pillan otra vez, te metes en problemas: aquí ya se aplican multas altísimas y un juicio acelerado. Se arriesgan a meses de cárcel, actualmente en Mindanao no se andan con bromas. Por la noche pueden circular solo los trabajadores que tienen un permiso especial. También tenemos que llevarnos a los que pillamos asomados al balcón”, agrega.

Esta noche los jefes del barangay (barrio), que colaboran con la policía dando soplos, han recibido pocos avisos. “Una noche pobre”, dice el agente refiriéndose al bajo número de personas a las que han pillado por la calle después de la hora X. Unos 10 en total ante una media que en la comisaría de policía 10 de Iligan es de alrededor de 20.

A los detenidos los meten en una celda al aire libre de unos pocos metros cuadrados, sin distinción entre mujeres y hombres. En muchos casos se trata de personas bajo la influencia de estupefacientes como el shaboo, una especie de metanfetamina hasta 10 veces más potente que la cocaína y muy difundida en las Filipinas.

A Vincent lo han pillado debajo de un carro de madera. Dormía. Nervioso por el brusco despertar, ofrece una ligera resistencia a los agentes, pero al cabo de pocos segundos desiste y sube a la camioneta. No deja de temblar; los efectos del shaboo son evidentes.

“Está lloviendo -dice mientras los oficiales lo registran-, por eso tiemblo. Tengo frío. No he hecho nada malo, estaba durmiendo en la calle porque no tengo casa. No es justo lo que me están haciendo a mí y a esta gente, no es justo lo que está haciendo Duterte”.

Durante más de 20 años el presidente Duterte fue alcalde de Davao, la principal ciudad de Mindanao. Fue durante este período cuando se ganó el apodo de The Punisher, como el verdugo de los cómics, por los métodos utilizados contra la delincuencia, que incluso le costaron la acusación de haber utilizado escuadrones de la muerte.

El propio Duterte se jactó de haber eliminado a casi dos mil criminales como simple alcalde. Se trata de unos métodos que se aplican a gran escala desde que llegó, hace un año, a la Presidencia en su cruzada personal contra las drogas, con un balance de más de siete mil víctimas.

Comments

comments