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Don José Mujica

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Con su andar despacio, guayabera de algodón blanca y holgada, de manga larga, lentes oscuros, pantalón azul, calzado sport, el expresidente de Uruguay sale del elevador para enfilarse hacia el lobby del hotel donde ha pasado la noche, tras 11 horas de vuelo.

“Descansé; sí andaba muy cansado. Bueno esto tiene dos mil metros y se nota”, comenta el líder moral y exguerrillero de 82 años, que llegó la víspera procedente de su natal Montevideo, asentado a nivel del mar.

Lo rodea una discreta comisión, un agente de seguridad, dos allegados y dos empleados de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER).

Su blanca cabellera resalta en este hombre, referente de la izquierda moderna de América Latina, cuya sencillez esparce al andar. El trajín del céntrico hotel es el habitual del domingo. Su restaurante -como de costumbre- está lleno y con una larga fila.

Don José Mujica camina lento.

–Buenos Días, don Pepe, cómo está usted –le digo despacio y a boca de jarro. -Casi Bien, –responde.

Accede a la charla. Su gente pide que sea breve, pues ya va rumbo al Zócalo, para participar en el evento del presidente Andrés Manuel López Obrador, con motivo de su primer año de gobierno.

Amable, atento, primero agradece a México por el asilo que le dio a sus compatriotas cuando los problemas políticos y sociales en su país, y por ello se dice amigo de la República Mexicana y respetuoso de sus gobiernos.

“Bueno yo estoy muy al sur, me siento amigo de México, porque muchísimos de mis compatriotas en años difíciles recargaron en México y tuvieron cama, comida y trabajo y pudieron muchos tener su familia y vivir aquí”, comenta.

En plena entrevista una chica rubia se le acerca y le pregunta tímida, pero decidida: “Lo puedo abrazar”.

Nadie se opone. La joven lo apresa en sus brazos, le dice, emocionada: “lo quiero mucho”. Don Pepe sigue respondiendo.

Evade opinar directamente de la gestión del presidente Andrés Manuel López Obrador, pues ataja: “no me corresponde a mi tomar partido en los dilemas de la sociedad mexicana. Lo que tengo que desearle es buena suerte y ventura, porque tengo que agradecerle al pueblo mexicano en gran medida. Ojalá que no a López Obrador, ojalá que a México… supere los problemas que tiene”.

En la plática saca a colación aquella histórica frase, dice de Porfirio (Díaz): “Tan lejos de Dios.. verdad.

-Tan lejos de Dios y tan cerca de ese país poderoso –le contesto, para que añada: “exacto, eso le ha traído (a México) posibilidades y desgracia, y a veces pienso que más desgracia que posibilidades”.

Y así responde a preguntas sobre las ilusiones y esperanzas de los pueblos latinos, donde dice, ve muchas injusticias “y una deuda enorme con nuestros pueblos”.

“Lo que pasa es que nuestra historia económica arrancó mirando al mundo y no mirándonos entre nosotros”.

Quienes logran identificarlo le piden fotos, selfies. “A ver una fotico, señor Pepe, nosotras somos colombianas”, le dice la joven rubia que lo abrazó con devoción.

“Me permite darle un abrazo”, le dice también un hombre de unos 50 años, y don Pepe se deja seguir queriendo.

“Hay cosa más linda pa conocer”, le pregunta a su fan, quien le responde: “Ahí está mi esposa”.

–Qué bueno, qué buen partido –dice el expresidente al tiempo que ríe jocoso-.

José Mujica sigue caminando rumbo al estacionamiento del hotel, donde ya lo esperan para partir, pero en su camino acepta, amable, más fotos, abrazos y apretones de mano.

Le pregunto que, si pese a la altura, ¿México le sienta bien?

Abre sus brazos y los deja caer sobre sus piernas, “me sienta bien, cómo no”. Platica que conoce Guadalajara y una parte de la frontera, ya cerca de Estados Unidos. Y así se enfila rumbo a la camioneta Suburban color negro que lo lleva al Zócalo.

Antes de abordar, le responde a un matrimonio que le agradece su estancia en México: “el honor me lo hacen ustedes”.

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