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Una araña violinista

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Es curioso cómo nuestra mente guarda y da sentido, a una pequeña parte de las experiencias vividas en lo cotidiano, sólo concedemos importancia a aquellas cosas que, selectivamente incorporamos a nuestros relatos.

Hay algunos de estos que escogemos con mucho detalle, pero gran parte de la mirada de las experiencias de la vida diaria, pasa de largo como una pequeña señal luminosa en el radar de nuestra conciencia, y sin darnos cuenta entra directo en un vacío histórico.

Muchas de estas experiencias no están tejidas en las tramas o el tema, de los relatos que predominan en nuestras vidas, no las registramos ni les conferimos significado alguno.  Pero en ellas está escondida una riqueza enorme que si sabemos usarla, nos permiten reconstruir los espacios habitados con una nueva narrativa, un punto de partida para desarrollar relatos de vida alterna. Y quizá entonces la pluma con la que escribamos nuestra historia resulte mucho más rica de lo que imaginamos.

Será que tejamos un relato y lo escribamos una y otra vez con tintes distintos.

Están en la amplia cocina dominada por el negro, el blanco, el gris, líneas limpias, estilo contemporáneo; estufa, cafetera, y refrigerador de marcas alemanas que parecen siempre nuevas. Él toma una copa de un whisky Glenfiddich de 40 años con dos hielos, que guarda con gran recelo y que pocas veces comparte por lo que ha tenido que pagar por él.

Ella recargada en la plancha de mármol cerca de él, con un vestido de Catherine Walker ajustado a su diminuta cintura y unos zapatos de charol de tacón de aguja y suela roja. Se lame los labios abultados de colágeno y pasa la lengua por sus dientes blancos.

Los muebles del salón Roche Bobois, hechos a la medida son dignos de un CEO de Wall Street. El reloj de moda, el traje de Hugo Boss y la mirada al horizonte, donde desde el piso 18 se ve el atardecer con  sus mágicos colores. Ella cruza las piernas, se revisa la manicura de $200 dólares y, toma las puntas de su larga cabellera para revisar que no tenga orzuela.

Los pensamientos de él lo trasladan a un salón donde todos lo miran, lo observan y lo envidian, repasa el atuendo de golf que usará el fin de semana en el club, y por un segundo, pasa por la cuentas de banco y sus assets; una sonrisa se le escapa.

Sus cuerpos trabajados en el gimnasio, las dietas Keto, las pieles doradas por el sol, sin duda son el prototipo del hombre y mujer del siglo XXI, personificando el sueño americano.

Ella lleva sintiendo un vacío que no la deja dormir, ahora el mueble del baño tiene en su repisa dos frascos nuevos, recetados por el Dr Harris, que tiene su consultorio en Central Park y que, por $530 dólares en un cuarto de hora, le dio esta semana una nueva receta, para que esté tranquila.

En la estancia, no se escucha otra cosa que el ruido del vaso con hielos que chocan entre sí cada vez que él da un sorbo a su bebida, el bullicio de la ciudad está 18 pisos abajo. Le duelen los pies, se acomoda la pulsera por encima de la cicatriz profunda de la muñeca,  se recarga en la plancha larga de la cocina y queda junto a él.

Mientras el sol de la tarde cae pintando a manchones el cielo azul, del techo baja una araña, es una violinista, una especie nocturna que se adapta a cualquier ecosistema. Puede provocar la muerte debido a que su veneno disuelve los tejidos. Su veneno contiene poderosas enzimas que destruyen todo lo que tiene proteínas, y su efecto es 10 veces más poderoso que la quemadura con ácido sulfúrico.

Ella la ha traído desde México, comprándosela a un marchante en el mercado en Puerto Vallarta, y subiendo al avión en su maleta de mano, dentro de un frasco diminuto; ha logrado pasar los controles del aeropuerto. La ha soltado apenas llegó hace unos días, sobre el piso limpio.

Hoy un rayo del sol ilumina su seda de araña, ella la mira bajar desde el techo, despacio. Será que su hilo plateado acabe con el ensordecedor tedio que habita en este espacio.

Apenas despertó comenzó a buscar desesperadamente agua, el espacio impoluto era un mundo sin una sola planta. Con sus patas largas se dirigió a los rincones, buscando un lugar donde esconderse, ¿con que se podría camuflar cambiar de color para nos ser vista? Después de una larga búsqueda con sus tres ojos, dio con una rendija diminuta que la llevo a los ductos del aire acondicionado y ahí entre el polvo encontró lo que buscaba diminutas gotas de agua. Cuando logró saciarse, encontró una polilla muerta y pudo alimentarse.

Durante un par de días se mantuvo ahí, pero un día decidió salir a incursionar, cuando el sol de la tarde caía y pintaba el cielo de tonalidades rosas y lilas, y aunque sus ojos no ven a tan larga distancia, logró sentir el calor sobre los pelos de su lomo y en su cabeza, ahí donde una mancha en forma de violín se asoma. Subió por la pared y pertrechada en el techo decidió bajar donde sonaba el chasquido de los hielos en un vaso. Produjo su hebra sedosa y se lanzó a bajar lentamente.

Aterrizó en el hombro, el aroma a colonia fina la mareó un poco, en un movimiento del brazo se asustó, decidió apretercharse junto al cuello blanco de la camisa, pero una de sus largas patas alcanzó a tocar su piel y de un manotazo fue lanzada por encima de la oreja y expulsada hacia el piso.

Maltrecha salió corriendo, pero satisfecha miro hacia atrás, mientras el bulto donde había depositado su veneno gemía de dolor.

En la narrativa de las tres historias está puesta la mirada desde distintos mapas del mundo. Siendo yo quien escribe, me doy el lujo de manipular las palabras, ensanchar y pintar los lienzos de la escenografía como me da la gana, sin embargo, en las tres hay un elemento que es constante, algo que me recuerda cada día, el no perderme solo en lo que acontece, y es que los atardeceres son un ritual para mi, el sol es símbolo de muerte y resurrección. Es la renovación, el movimiento, la lucha, el resurgir. A través de la observación del astro rey, el renacimiento interior se manifiesta como forma de evolución.

A mí me evoca  momentos de reflexión tras el ajetreo del día, una mirada interna hacia los detalles que quiero guardar en los álbumes de fotografías que guardo en los espacios sinuosos de mi cerebro, donde cuento lo que cuenta para mi y me empeño que así sea hasta que llegue mi último aliento.

Entonces será, que así como el escrito, podamos entrenar a nuestra mente a guardar y dar sentido a otras partes de las experiencias vividas en lo cotidiano, quizá entonces así, no sólo concedamos importancia a aquellas cosas que selectivamente incorporamos a nuestros relatos.

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