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Las independencias pendientes

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Por: Tania Romero

Tapatía, adicta al café; y consultora en legislación urbana, capacidad institucional y planeación para el desarrollo.

Twitter: @TaniaRomeroL

El mes de septiembre todas las personas que nos consideramos mexicanas, celebramos comiendo pozole, gritando ¡Viva México! vistiéndonos “de mexicanos” como si los demás días trajéramos disfraz de otra cosa, nos proclamamos orgullosas de la independencia nacional. Y aunque tenemos muchas conquistas avanzadas, también septiembre debería de llamar a la reflexión: ¿En verdad hemos peleado todas las batallas que teníamos que pelear? ¿En verdad hemos alcanzado todas las cimas a las que vamos a poder llegar? ¿o acaso es que todavía tenemos muchas luchas pendientes?

Por ejemplo, seguimos en una lucha constante con el tema de la deuda pública, con discursos bipolares entre quienes la desean a toda costa y quienes la repudian como si tratara de empeñar todo lo que poseemos. Ser independientes de la deuda significa que la entendamos por lo que debería ser, es decir un conjunto de préstamos que pide el estado (nivel nacional o estatal) de manera interna o con otros países e instituciones, con el fin de cubrir sus gastos o generar inversiones. Con ello quiero decir que la deuda por sí misma no es negativa puede utilizarse como inversión en proyectos que benefician a la ciudadanía y que representen valor a futuro. El problema es cuando la deuda se utiliza para pagar beneficios y cuotas de unos cuantos cuates.

En nuestro país, la tasa de la deuda pública es del 12.5% anual, muy por encima del crecimiento del PIB, lo que representa un desbalance. En sexenios pasados, la deuda pública aumentó de forma acelerada, lo cual significa un riesgo importante, sin embargo, la cuarta transformación en su incansable pugna por la austeridad republicana se niega a la deuda aun en momentos de franca crisis económica.

En el caso de Jalisco, el gobierno determinó adquirir montos de deuda alarmantes sin especificar con claridad cómo ni para qué será utilizada. Hay quienes afirman que con esta el Gobierno del estado empeñó el futuro de muchas personas.

Por otro lado, está también la lucha pendiente de los municipios, quienes siguen sometidos a la espera de los paquetes económicos que les indiquen los recursos estatales y federales con los que contarán para su desarrollo. Y es que, aunque la Constitución Federal les otorga la facultad de manejar su propia hacienda, en la práctica los recursos propios que generan son incipientes.

Y entre la crisis económica que nos trajo la pandemia y la supuesta austeridad del gobierno federal, la solvencia económica del desarrollo municipal está pendiendo de un hilo. La agenda de desarrollo municipal sigue condicionada al presupuesto de egresos de la federación y los programas públicos estatales y federales, y los municipios sin la capacidad de determinar sus propias prioridades de desarrollo hasta en tanto no encuentren la manera de generar sus propios recursos, y como he dicho en otras ocasiones, entender el suelo.

Entre las cosas que no logramos entender del suelo, están aquellas que tienen que ver con los vínculos entre lo urbano y lo rural. De acuerdo con el último censo realizado por el INEGI, en México, el 78% de la población vive en zonas urbanas, mientras que solo el 22% radica en zonas rurales, proporción que va en aumento. Y si bien es cierto que la calidad de vida en zonas rurales podría considerarse positiva en varios aspectos (calidad del aire, índice de estrés, balance entre horas trabajadas y horas de esparcimiento social), también es cierto que tienen una marcada dependencia a lo urbano. Lo “rurbano” en México es una relación tóxica. Mientras que las ciudades dependen de sus vínculos rurales para la prestación de servicios ecosistémicos, la generación de cadenas productivas, garantía de seguridad alimentaria, entre otras; la ruralidad a su vez depende de las ciudades para cubrir necesidades de servicios, equipamientos e infraestructura. Sigue sin haber un justo balance entre lo que uno le ofrece al otro y viceversa.

En la medida que se siga concentrando en las centralidades urbanas el acceso a servicios públicos de calidad, dejando fuera a las periferias y a los vínculos con las zonas rurales, la marginación y desigualdad seguirán siendo de las más grandes conquistas que no seremos capaces de superar.

Luego entonces, aunque la independencia nacional es un digno motivo de celebración, no debemos perder de vista nuestras independencias pendientes.

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