Inicio COLUMNAS Escombros en mi mente – Cuando un amigo se va

Escombros en mi mente – Cuando un amigo se va

0
Compartir

Por: Rodolfo Chávez Calderón

Hay quienes aseguran que el valor del periodista no está en lo que publica, sino en lo que se calla. Algunos lo toman tan en serio que al comunicador intransigente, al que pretende cumplir con la condición de trabajador de la información y remitirla al lector, al radioescucha o al televidente sin censura alguna, llegan a considerarlo no sólo “diferente”, sino hasta nocivo, negativo, tozudo.

 Para muchos que a pesar de todo no han comprendido la labor de la talacha periodística, así era Juan Lorenzo Saldaña, que en paz descanse; así calificaban muchos a ese compañero con quien tuve la fortuna de cruzarme alguna vez poco tiempo después de la desaparición de Siglo 21 y la fundación del periódico que se llamó Nuevo Siglo, cuando el proyecto del señor Tarín (Propietario de Solo Ofertas), tomaba forma y me correspondía como director editorial, amasar la idea.

En los primeros meses de 1999, Juan Lorenzo acudió a la oficina situada en la Plaza Zapopana denominada Las Águilas, para solicitar su contratación. No tenía trabajo y acababa de llegar de Monterrey, sin más recursos que su inteligencia, sus conocimientos, su experiencia y desde luego, los tamaños suficientes para enfrentarse a lo desconocido. Me había invitado el señor Tarín, para fundar un diario, y en ese momento ya no tenía plazas disponibles, sin embargo, ante la situación y considerando la capacidad del solicitante, creamos una más entre las nuevas contrataciones, para aprovechar su potencial que era evidente en el currículo. Juan Lorenzo era abogado de profesión y periodista de carrera, perseguido por sus publicaciones en la entidad norteña, tuvo que emigrar a Jalisco y encontró un sitio donde escribir luego de que mostró su trayectoria y sus aptitudes de investigador y comunicador.

Ingresó al Nuevo Siglo, de donde poco tiempo después me vi obligado a emigrar, pero él se quedó. El destino determinó que siguiéramos caminos diferentes y volvimos a encontrarnos en el año dos mil. Él se había arraigado en El Occidental, donde sus investigaciones llevaron al lector el producto que requiere, por el que compra el periódico. Luego de penetrar a fondo en lo más oscuro de la prostitución infantil, Juan Lorenzo, acompañado por la incansable María Antonieta Flores, logró que las autoridades se movilizaran para capturar a parte de una banda de pedófilos que operaba en Guadalajara, Puerto Vallarta y otras partes de la República.

Juan Lorenzo Saldaña era un hombre que no se guardaba sus impresiones, que detestaba la hipocresía y desdeñaba a quienes falseaban los hechos. Era claro hasta el extremo, franco a más no poder y sumamente agudo. 

 Aunque trataba de refugiarse en una armadura de frialdad, de exagerada seriedad, en realidad era un hombre vulnerable, con la fuerza de la entereza y de la convicción, pero al que evidentemente afectaban las consecuencias de su franqueza, de su claridad, de su insistencia por decir la verdad en un mundo donde al periodista sólo le está permitido repetir lo que otros dicen. Y lo acepta así la mayoría porque es lo más sencillo, lo más fácil de hacer y lo que nunca meterá a alguien en problemas, aparte de su propia conciencia.

Un día lo enviaron a cubrir una Expo mueblera, donde recogió todo tipo de información, entre ella la de que se regalaban copas tequila en franca barra libre. El reportero regresó y redactó su nota, en la que incluyó el referente a la “gran cantina” en que se había convertido aquella Expo mueblera, dato que el personal de redacción destacó como motivo principal de la nota.

Al día siguiente, luego de la publicación, Juan Lorenzo fue enviado de nuevo a aquél lugar, debido a que los organizadores pedían su derecho de réplica. Al presentarse Juan Lorenzo en la Expo, sin más fue agredido a golpes, por sorpresa y con toda ventaja, por el hijo del principal organizador, causándole lesiones en la cara principalmente.

La mueblería detuvo cualquier publicación mediante la contratación de dos páginas centrales en El Occidental, a color, publicidad que realmente era muy cara en ese entonces. Y cuando el dueño de la mueblería se comunicó con el reportero para disculparse a nombre de su hijo, Juan Lorenzo le agradeció el gesto, y el empresario preguntó ¿qué puedo hacer por usted?, Juan Lorenzo, que vivía de su bajo salario en el periódico, le respondió que le agradecería mucho le cubriera los gastos de las medicinas necesarias para subsanar sus contusiones y heridas.

Ese fue motivo suficiente para que en la primera oportunidad, la empresa periodística decidiera darlo de baja y lo dejara sin trabajo.

Escribió entonces aquí y allá, errante, como suele suceder a todo aquél que pierde su base laboral y vive de utilizar las letras para formar palabras y con ellas comunicar sentimientos.

No recuerdo si pasaron dos o tres años, o más, pero ya como subdirector de La Prensa Jalisco, tuve la idea de proponerle al director del Periódico El Occidental que lo recontrataran, en virtud de que la causa económica del reajuste anterior, había caducado y había posibilidades de hacerlo. Así fue, se requirieron sus servicios y ahora tenía un lapso de 28 días a prueba, para que entrara en vigor el contrato indefinido, la plaza pues.

Sin embargo una mañana gris, cuando yo reporteaba en el centro de la ciudad, de repente al salir de una rueda de prensa, decidí caminar hacia el templo de Aranzazú, sin motivo alguno, sólo fue como una necesidad de ir hacia allá. Cuando estaba a espaldas de la iglesia, escuché en el escáner el aviso policíaco de que habían hallado sin vida a una persona a tres calles de ahí, justamente por el rumbo donde vivía Juan Lorenzo.

Caminé hasta el domicilio y en la puerta me encontré a un policía de los “Negros”, de Base 12, a quien le pregunté por “la clave”, me dijo que era un “30”, si no mal recuerdo, un suicidio, “masculino de 40 años, de nombre  Juan Lorenzo Saldaña, se colgó en la regadera del baño”… me recitó el policía con la frialdad de quien pide una cerveza helada.

Un balde de agua helada hubiera sido más cálido para mí, que aquellas palabras. Después de eso no hubo más preguntas, ni fotos, como solía ser en la nota policíaca, sólo las lágrimas que no me dejaron hablar más. Me retiré de ahí sin saber qué más podía hacer ya por aquél amigo que de tal manera había saldado cuentas con su eventual pareja sentimental luego de una discusión que terminó con sus relaciones la noche anterior.

Juan Lorenzo se fue sin decir adiós y eso es parte del dolor que sus amigos sentimos, el destino nos negó un último abrazo, un apretón de manos, un hasta luego, un consejo, un mensaje de ánimo que quisiéramos haberle dado. Canceló el abrazo navideño que no habrá más para él, el humilde obsequio, la invitación a la cerveza, el mensaje por celular.

Ese día me quedé esperando su llamada para darle órdenes de información, pero el creador se me adelantó y lo llamó a cuentas sin que hubiera tenido aviso alguno, sin previo padecimiento, sólo era su momento y hubo de cumplir con ello, se fue el amigo, el compañero cuando parecía que comenzaba su mejor tiempo, apenas a 28 días de su regreso a El Occidental.

Difícil ser congruente hasta el final, difícil ser como él y cargar con todo el peso de la verdad, con las consecuencias de ser auténtico hasta la muerte.

Quisiéramos saber sus amigos y compañeros, dónde se encuentra ahora Juan Lorenzo Saldaña; tal vez decidió ir a reportear por algún sitio desconocido, tal vez descubrió que en las estrellas, en las nubes o en el cielo, existe una fuente de información desconocida y presto acudió para investigar.

Duele perder a quien se le tiene afecto, porque ahí sí, cada uno de nosotros es insustituible. Quiérase o no, resulta imposible llenar ese hueco que nos queda cuando un amigo se va. In memoriam Juan Lorenzo Saldaña.

Comments

comments