Calandria sin caballo se llama automóvil

Calandria sin caballo se llama automóvil

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Por: Ricardo Alvirde Sucilla
Consejero Presidente de la Sociedad Histórica, Cultural y Patrimonial de Guadalajara A.C.

He revisado cuántos casos de caballos caídos o muertos en Guadalajara y de los 108 caballos para las 55 Calandrias que tiene Guadalajara, tres han sido los que han protagonizado algún incidente, pudiéramos decir que la incidencia es relativamente baja pero el tratamiento que se le ha dado principalmente en las redes sociales ha sido a nivel de escándalo, por lo tanto, meter las manos en este asunto colocaría a Alfaro en una posición políticamente correcta y nadie se atrevería a criticarlo y quien lo hiciere, sería atacado por los defensores de los animales y los Alfaro-bots… perdón, Alfaro-fans que pululan en las redes sociales. Tan es así, que las otras fracciones representadas en el Cabildo tapatío no se detuvieron a reflexionar sobre las implicaciones de aprobar estos cambios.

Antes de pensar en encontrar un predio en donde instalar caballerizas para que las Calandrias pudieran tener un resguardo o habilitar mejoras en los paraderos ya existentes, el presidente municipal prefirió despojar a los calandrieros de su principal medio de vida, un carruaje que ellos mismos compraron o construyeron, que han mantenido junto con el par de caballos que debe haber para cada carruaje y alterando maliciosamente los registros de asistencia de las juntas con los calandrieros, quisieron hacerlas pasar como firmas de aceptación de los acuerdos tomados a sus espaldas.

Pero claro, hay que luchar por los derechos de los animales o al menos eso hacer creer; pues los médicos veterinarios que atienden gratuitamente a los caballos calandrieros, han señalado que no existe abuso o maltrato alguno en los animales. Hay quienes quisieran ver caballos percherones en nuestras Calandrias, dicen que los que aquí tenemos dan vergüenza de flacos, pelo de burro y tocado de plumero sacudidor; quisieran ver elegantes berlinas y calesas conducidas por distinguidos cocheros salidos de cuento de hadas y se olvidan por completo que ha sido una actividad que ha sobrevivido prácticamente sin un solo apoyo oficial o incentivo privado.

¿Recuerdan que se rumoraba que en el parque González Gallo se iban a instalar caballerizas para las Calandrias? Pues no se instalaron debido a que la opinión pública saltó a reclamar ese espacio exclusivo para humanos y no querían contaminación por estiércol equino.

Con el automóvil tipo carruaje, los calandrieros pierden de golpe y porrazo parte fundamental de su patrimonio familiar, afectan a quien les vende la pastura, a quien les cuida o les renta los corrales, a quien les repara los carruajes, a quien les vende los caballos o si ellos mismos los criaban ahora ya no tendrán motivo para seguirlo haciendo. Perdemos nosotros los tapatíos, uno de los símbolos que más nos han acompañado a lo largo de la historia de la ciudad. Si bien es cierto que el reglamento que las ordena es promulgado en los años 20 por José Guadalupe Zuno, las Calandrias como transporte de alquiler han estado presentes en Guadalajara desde la llegada del primer ferrocarril en 1888 y el despegue de la actividad comercial y turística de la ciudad. Es probable que seamos muy pocos los tapatíos que hayamos usado una Calandria, quien no lo haya hecho no podría comprender el encanto que significa recorrer las calles a trote lento, escuchando el sonido de los cascos, el tintineo de los avíos y la sensación de que el tiempo corre más pausado. Quizás se les añadirá a los moto-carruajes, un dispositivo digital que reproduzca esos sonidos para crear la falsa sensación que otros si hemos disfrutado.

Es imposible evitar que venga a la mente, la escena que se repite todos los días en el Castillo de Chapultepec; al iniciar el recorrido encontramos dos carruajes, una berlina cerrada, modesta, desvencijada con un pequeño escudo en sus puertas que delata al pasajero que transportó por todo el territorio nacional en los fragores de las muchas batallas que se tuvieron que librar a fin de restaurar la República en 1867; ahí está la carroza de Benito Juárez y pocos son los visitantes que se detienen frente a ella; en cambio, en ese mismo lugar y con unos cuantos metros de separación, se encuentra la carroza usada por Maximiliano; de estilo churrigueresco, cubierta en hoja de oro, tapizada en terciopelo, digno transporte para la Cenicienta y ante ella, muchos, muchísimos visitantes tomándose fotos, imaginándose a bordo de ella, soñando con haber formado parte de la corte del que quisieron llamar segundo imperio mexicano.

No importa en cuantas otras ciudades existan paseos turísticos a bordo de carruajes, lo que nos debería importar es que nuestra Guadalajara los ha tenido y se han convertido en símbolo indiscutible de nuestra identidad y que merece dignificarse, merece que se garantice el bienestar de sus animales y sus calandrieros con sus familias.

A nuestro presidente municipal le ha dado por sustituir nuestro Escudo de Armas con más de 400 años de ser nuestro blasón, por un logotipo simplón carente de orgullo y sentido: por cambiar la ruta del recorrido de los danzantes en la Romería a Zapopan; por regalar terrenos de reserva ecológica a extranjeros para construir torres en Huentitán; por rociar pintura verde en los camellones para que parezca césped; por pretender instalar un restaurante bar en los Arcos de Vallarta; por regalar el jardín de Mexicaltzingo para construir un estacionamiento; por comprar esculturas a sobreprecio y en un muy claro ejemplo de conflicto de interés; por cambiarle el uso de suelo a un vivero municipal en El Deán para venderlo como suelo habitacional; por vender a un 25% de su valor, un predio municipal que tenía uso de suelo destinado a área verde; ahora tocó el turno a las Calandrias, manipulando la muy noble intención que significa la defensa de los derechos de los animales.

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