Presidente Donald Trump

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Por: Luis Cisneros Quirarte
@luiscisnerosq

Donald Trump no está loco. No es el maniaco que quiere construir un muro fronterizo reteniendo las remesas que los migrantes mexicanos envían a sus familias en sus comunidades de origen. No deportará a los más de 11 millones de indocumentados, de los cuales casi la mitad son mexicanos. Tampoco declarará una guerra santa contra el Islam ni conducirá al mundo a la tercera guerra mundial de la mano de Vladimir Putin. No es un misógino (bueno, toda la evidencia apunta a que sí lo es).

En el star system estadunidense, Donald Trump es la única celebridad que construyó su fama desde los años ochenta sin ser actor de Hollywood, ni músico de rock, ni por su look (aunque su peinado ha sido parte de su mercadotecnia personal). No era el único billonario, pero sí el que a partir de la industria inmobiliaria, los casinos y los concursos de belleza alimentó su presencia en la cultura pop americana. Su reality show, “El Aprendiz”, lo mantuvo en el aparador durante el milenio.

Como todo empresario, sabe explotar los nichos de mercado. Ya desde 2012 quiso incursionar en la carrera presidencial republicana explotando el racismo aún subyacente en la sociedad norteamericana, haciéndose portavoz de quienes aseguraban que Barack Obama no había nacido en los Estados Unidos. Fue ridiculizado por Obama cuando finalmente mostró sus documentos de nacimiento. Trump no contendió ese año.

Desde que inició el actual ciclo electoral, el escenario mediático ha sido de Trump. A partir del anuncio de su candidatura, logró cobertura gratuita de todas las cadenas de noticias gracias a una exitosa fórmula: su condición de celebridad y su discurso incendiario. Su promesa de construir el muro y su aseveración de que los migrantes mexicanos son violadores, desde el primer día de su campaña, le garantizó ser noticia: expresiones tan políticamente incorrectas eran inéditas en un candidato presidencial que era además una celebridad de televisión. Pero la consecuencia perversa de unos medios de comunicación que vieron en una noticia rentable el crecimiento de sus audiencias, fue que este y los sucesivos mensajes de odio se difundieron, y llegaron, sin costo paralos bolsillos de Trump, y que así ya no tuvo que pagar publicidad ni estructura territorial, a su público objetivo: ese vasto segmento de población blanca con temor de verse convertida en una minoría frente al crecimiento de la población latina, y preocupada por el multiculturalismo del cual el Islam es una religión en ascenso. El Make America Great Again (haz a América “grande” de nuevo), eslogan de campaña de Trump, en realidad significa Make America White Again (America “blanca” de nuevo) para muchos de sus seguidores.

Y todo esto fue calculado. No fue efecto de la demencia de Trump. Fue un cálculo estratégico brillante, si bienéticamente cuestionable.

Maquiavelo sostenía que la virtud en política es el éxito. De ser así, Trump hasta ahora ha sido virtuoso. Pasó por encima de patricios como Bush III –Jeb-, moderados carismáticos como Marco Rubio, o el cristianismo radical de Ted Cruz.

Y por supuesto, Trump sabe que el discurso de odio que le permitió llegar hasta la candidatura republicana, no le alcanza para ganar la elección presidencial. Por eso desde ahora modera su discurso. Se acerca a sus ex rivales. Manda tuits comiendo tacos y escribiendo que ama a los hispanos. Trump es un empresario que hará lo que tenga que hacer para vender su producto. Y el producto es Donald Trump.

La personalidad de televisión que destrozó a los políticos profesionales del campo republicano, ahora se enfrentará al político profesional que encarna como ningún otro el establishment político estadunidense: Hillary Clinton.

Este reality show en el que se ha convertido la contienda presidencial estadunidense tiene a sus dos protagonistas. Que siga la función.

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