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MORENA y el resurgimiento estructural del viejo PRI

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Por: Felipe Guerrero Bojórquez

En el 2018, tras el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, no pocos amigos de la izquierda histórica-ideológica, que venían luchando activamente por un cambio en México, coincidieron en comentarme que les parecía un sueño haber derrotado al PRI y a sus aliados, a esa amalgama adherida al espíritu de  la gente y a ese engranaje del control férreo del Estado,  y que vivirían para contarlo.

En estos días hablé con varios de ellos, e igualmente coincidieron en que el sueño a lo largo de estos tres años de poder Amloísta en ocasiones los sobresaltaba, pero que, de súbito, se les convirtió en una terrible pesadilla al comprobar que el más viejo de los PRI no solo no se había ido, sino que todo este tiempo había permanecido transmutándose al interior de las siglas de MORENA. El fin de semana, pues, el PRI-nosaurio despertó.

Y no necesariamente se trata del PRI inmediato anterior que tuvo que ceder en el terreno democrático, crear instituciones para garantizar la competencia electoral y someterse al cuidado de las formas. Se trata del PRI aquél que reprimió principalmente a la izquierda, que la persiguió con toda la fuerza del Estado, que asesinó y desapareció a militantes, que satanizaba y aplastaba sin compasión cualquier manifestación política en contra del régimen. Tampoco se trata de hacer tabla rasa, de descalificar a priistas que en lo individual han demostrado ser más demócratas que muchos morenistas, más capaces y honestos a la hora de administrar los recursos públicos, si los comparamos con muchos de la «izquierda» que ahora gobiernan.

Ese PRI, aquél partido de Estado que se pensaba derrotado, asomó ayer de manera más fehaciente su rostro tan amenazante como peligroso a través de las siglas de MORENA, bajo actos que denigran lo más elemental de la democracia y la dignidad humana.

Desde amenazas a la gente humilde de quitarle sus pensiones si no se presentaban a votar por la o el candidato indicado, hasta afiliación masiva de funcionarios obligados a participar; a los alrededores de las casillas se ubicaron operadores que  entregaban y llenaban papeletas simples, que no cumplen los requisitos legales para afiliación y sufragio; funcionarios públIcos al frente de las casillas, camiones del acarreo infame a la vista; denuncias de reparto de dinero para compra de votos, entrega de despensas, desayunos y comidas previo a la votación, afiliación forzosa a personas que sacaron a votar de los centros de rehabilitación y otras infamias. Todo ello se consigna en las denuncias públicas que desde el sábado inundaron las «benditas» redes sociales.

Me dijo un morenista sumamente indignado: «Los líderes de MORENA y quienes controlan sus endebles estructuras no abrieron sus puertas a la sociedad sino a la suciedad».  Eso me expresó. Funcionarios y gobernantes, presumían la asistencia y el «interés» de ciudadanos por afiliarse y participar en su proceso interno, pero las formas los delataban porque eran más evidentes los métodos de asistencia forzada que el espíritu participativo.

Cierto, el perfil de la gente que acudió al proceso, o a la que se acarreó, es el mismo con el que el PRI operaba: La gente humilde, susceptible de presiones y chantajes, de ser humillada en la dádiva indignante y en la entrega de una despensa recogida por hambre, algunos seguramente convencidos, que en el fondo la «Esperanza de México» hasta ahí llega.

¿Y ahora qué va a decir el Presidente? Quien desde la mañanera primero exhortó a sus correligionarios a no violentar las normas internas de MORENA ante y durante su proceso interno, y luego pasó a la advertencia de la sanción y despido de funcionarios que participaran. Incluso afirmó, ante los ojos de la Nación, que él mismo enviaría un oficio al Tribunal Electoral del Poder de la Federación para que se castigara a quienes violentaran los consabidos principios de MORENA.

¿Y ahora? ¿Se irá  a atravesar el Presidente ante tanta anomalía que exhibe a su partido como peor que el viejo PRI? ¿O va a decir que «no me salgan con que la ley es la ley» y que la democracia interna y la decisión del pueblo fue la que se impuso?

Con todo lo que diga el Presidente y lo que ya dijo, y que incluso acusara a los «conservadores» de ser ellos lo de la bulla pública para no darle crédito a la inconformidad interna,  la huella del mapache renacido es tan grande que es imposible ocultar.

Sin desconocer algunos cambios positivos que han ocurrido en el país los últimos años y la relativa estabilidad económica que vivimos, termino con una frase que ayer justamente, un apreciado amigo de esa izquierda histórica me expresó y que dibuja nítidamente lo que ahora ocurre principalmente en términos de democracia: «Estábamos mejor, cuando estábamos peor»

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