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Escombros en mi mente – La nota y el punto de quiebre

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Por: Rodolfo Chávez Calderón

Eran los primeros días de junio de ese 1993, habíamos viajado el reportero gráfico Salvador Alcalá, y este servidor de ustedes, hasta la ciudad de Los Ángeles, Ca. en Estados Unidos con el fin de buscar el contexto del conflicto entre grupos del narco, que había ocasionado el tiroteo en el aeropuerto de Guadalajara, en el que falleció baleado el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Nos habíamos encontrado por ahí al jefe de la Policía de Zapopan, Luis Octavio López, quien al día siguiente de que lo vimos, luego de muchas horas sin comunicación, nos llamó para decirnos que no iba a regresar a México, porque sería perseguido por el Ejército. 

Así, se convirtieron en dos compañeros más, él y su amigo gringo, Beacom, quien hacía las veces de intérprete. Porque yo, a pesar de la lucha enorme que me hicieron, jamás pude aprender inglés.

El caso es que en una camioneta rentada, con el jefe policíaco al volante y el intérprete como copiloto, comenzamos a recorrer el territorio angelino.

Visitamos, entre otros lugares, una empresa que se dedica a blindar vehículos, pedimos presupuestos, hicimos un recorrido por la planta y cuando el intérprete intentó explicar cuál era nuestro interés en el asunto, el hombre aquél, que nos guió en el recorrido le respondió, interrumpiéndolo, que a él lo único que le interesaba era informar a sus clientes, y que al final lo importante no era el nombre que llevara el cheque con que se pagara, que sólo le interesaba que tal documento fuera “bueno”, que no rebotara en el banco. Algo así como la “moral económica” que mueve el comercio de gran parte del mundo.

Acudimos a una colonia donde estaban varias tiendas que vendían uniformes y accesorios para la policía, con el fin de hacer entrevistas, pero ni siquiera pudimos bajar de la camioneta, porque a pesar de los vidrios polarizados descubrieron que Salvador Alcalá tomaba fotos desde el interior, así es que comenzaron a empujar lateralmente el vehículo haciéndolo balancear peligrosamente. No hubo más remedio que arrancar precipitadamente e irnos de ahí. Luego nos comentarían que a esa zona, ni los policías acudían, que todos sus implementos los compraban por pedido a distancia.

Fueron muchos los lugares que visitamos, ya recuerdos y datos precisos se han borrado del ático de mi memoria, pero de lo que estoy seguro es que al día siguiente acudimos al condado de Oregon, donde gracias a que Beacom tenía un hermano en la Corte, pudimos visitar dos cárceles de alta seguridad, con recorrido guiado, pudimos tomar fotos del exterior y del interior, y desde luego mucho material periodístico.

Conocimos en la ciudad de Orange, a un jefe policíaco que de niño había sido voceador de El Sol de Guadalajara, periódico hermano de El Occidental, y desde luego, se le hizo la entrevista correspondiente, un emotivo mensaje para quienes buscan realizar el sueño americano.

Supimos cómo se daban los niveles de consumo de droga, y los diversos tipos de substancias que enervan al ser humano, además de armas de todo tipo y la manera como se las arreglan los delincuentes para ocultarlas mientras deambulan por sitios concurridos, para no ser descubiertos.

Habíamos completado diez días “de gira”, teníamos el sabor agradable del triunfo periodístico en la boca, cuando recibí una llamada de Héctor Berrellez, comandante del grupo Legend, de la DEA, quien ofreció proporcionarme una información importante. Ya en días anteriores había estado en el edificio sede de la DEA, al que hube de entrar descalzo porque cada vez que intentaba pasar bajo el arco detector de metales, sonaba la alarma. Resultó que los cambrellones, una piezas de acero que llevan en el arco los zapatos, para hacer el efecto de muelle y amortiguar el peso del usuario, aunque pequeños, de unos diez centímetros de largo por uno sólo de anchos, disparaban la alarma, por lo que hube de caminar en calcetines hasta que encontré un sitio propicio para sentarme y de nuevo calzarme.

Una vez dentro, Berrellez me mostró los escenarios del narco que tenían en una gran oficina, una especie de pizarrones adornados con las fotos de los líderes y sus lugartenientes, tachados con rojo los detenidos, o los ya muertos, fue entonces cuando me di cuenta de lo que es el mundo del narco, porque todo aquello de lo que nos damos cuenta regularmente, es sólo la punta de un gran iceberg, cuyas dimensiones se antojan inimaginables.

El comandante Berrellez me explicó que en Guadalajara había un grupo de comerciantes que se dedicaban a la exportación de tomate, cuya actividad encubierta, era lavado de dinero. Nunca imaginé lo que iba a provocarme aquella nota. Eran como las nueve de la noche cuando el jefe de información me llamó para decirme que pasara una nota, porque no había ninguna para publicar. Le expliqué lo que tenía de los tomateros, pero me faltaba cerrarla. Me ordenó “mándala como la tengas”, y así lo tuve que hacer. Escrita a mano y ayudándome con el fax del hotel, la mandé enseguida. Obvio que se publicó al día siguiente y fue la nota principal del periódico El Occidental en Guadalajara.

Pero el gusto no me duró, a la tarde del día siguiente recibí una llamada del director, un hombre que tuvo el privilegio de dirigir El Occidental en una de sus más grandes épocas, y a quien le guardo un gran respeto, Don Ricardo del Valle del Peral. Me reclamó haber enviado esa nota, resulta que “los tomateros” eran grandes amigos personales de Don Mario Vázquez Raña, dueño de la Organización Editorial Mexicana, por ende propietario de El Occidental… respondí en mi defensa que yo no tenía culpa de que Don Mario tuviera amigos delincuentes, y entonces Don Ricardo estalló y ordenó regresarme inmediatamente a Guadalajara. Ese sería el principio del final, de mi trabajo en esa primera etapa, para “El Occidental”, ya les contaré…

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