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Escombros de mi mente – Rafa pagó las chelas

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Por: Rodolfo Chávez Calderón

Se puso “de moda” el tema Rafael Caro Quintero luego de su captura. Y aunque les platicaba en anteriores capítulos respecto a un viaje a los Estados Unidos, enviado por el Periódico El Occidental, tras el homicidio en Guadalajara, del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, me veo en la imperiosa necesidad de rememorar algunas situaciones vividas en torno al caso Camarena, que en su momento se vivió en Guadalajara como una situación que lastimó a todos los jaliscienses, porque para los Estados Unidos e incluso para las autoridades del entonces Distrito Federal, todos éramos narcos.

Una mujer, de nombre Hilda, se acercó a la redacción de El Occidental para referir una versión que contrariaba a la DEA de los EUA, puesto que aseguraba que Enrique Camarena aún vivía. Después de entrevistarla y atender sus argumentos y evidencias, la nota se publicó, lo que motivó la respuesta de agentes de la DEA que ya integraban el “Grupo Leyenda”, quienes vía telefónica me pedían su derecho de réplica, lo que acepté y también se publicó al día siguiente.

Ese fue el inicio de un intercambio de información que me permitió conocer más a fondo el caso y entender muchas situaciones que se dieron en México luego del plagio y asesinato del agente antidrogas norteamericano.

Ahora que de nueva cuenta salta a la palestra el nombre de Caro Quintero, como líder del narcotráfico en Jalisco, allá por los años 80s y como candidato a ser extraditado a los Estados Unidos de Norteamérica, vienen a mi mente varios casos que se quedaron como anécdotas.

En diciembre de 1984 el jefe de redacción de El Occidental, José Luis Topete Borrayo, me llamó a su oficina y me comentó que: “secuestraron a Sarita Cosío, no vamos a publicar nada, pero me gustaría saber qué fue lo que ocurrió”. 

Había un lugar donde la vida de delincuentes, autoridades y todo tipo de políticos, se mezclaba de alguna forma; el Guadalajara de Día, un antro donde la propietaria, Doña Esther Camberos Clemens fungía como la “quitapesares” de todas esas personas.

Así que acudí en su busca, para mi fortuna no se encontraba en su oficina, donde hubiera sido complicado platicar con ella en torno al tema. Estaba en un privado con vista al escenario del salón donde se escenificaba la variedad. Y allí, ya entrada en copas me comentó que Sarita tenía relación con su hijo Adán, pero que Rafael Caro había salido con ellos y decidió robársela, de lo que ahora la familia Cosío la culpaba a ella.

Así pude rendir cuentas a la redacción y conservar en el archivo aquello que “no se iba a publicar”, quedó escrito para el momento en que se ocupara, porque nunca estuve de acuerdo en no escribir lo que sabía, aunque me lo prohibieran, ya que la decisión de hacerlo público o no, era de los “jefes” del Periódico.

Cuando ocurrió el segundo secuestro de Sarita, ya en el año 1985, Rafael Caro Quintero escapó a Costa Rica llevándose a la muchacha. El día que lo capturaron, en la redacción de El Occidental me asignaron a localizar al papá de la jovencita, César Octavio Cosío y de inmediato me avoqué a ello. Coloqué mi silla contra un escritorio y marqué una y otra vez el teléfono de disco, en espera de que me respondieran, lo que no ocurría. Desesperado por la falta de respuesta sentí que alguien me picaba las costillas y me decía “ya los encontraron, van a traerlos a Guadalajara”… le pedí a aquella persona, sin voltear a verla, que me dejara en paz, que estaba tratando de conseguir más información. Fue hasta que aquél hombre se retiró, que un compañero me preguntó el por qué no había prestado atención al maestro César Octavio, que se acababa de ir. Corrí tras él, pero fue hasta que llegó a casa, que pude comunicarme con él por teléfono.

Y otra más… al paso del tiempo sabría que quien pagó las chelas fue Caro Quintero. El jefe de prensa de la Procuraduría nos invitó, a los reporteros de la nota Policiaca, por una circunstancia especial, a comer en el restaurante rústico La Langosta, de Mariano Otero y López Mateos, donde ahora es la Plaza Milenio, frente a Plaza del Sol. Ahí los reporteros comimos tranquilos y felices. Se pidió la cuenta con el propósito de retirarnos, pero en eso un mesero puso sobre la mesa una cubeta con unas diez cervezas. Le aclaramos que no habíamos pedido eso, pero informó el mensajero que era cortesía del patrón. Volteamos al rincón donde señalaba, y justamente ahí estaba un individuo de pelo chino, que sonrió amablemente. Aún no lo conocíamos, pero luego sabríamos que en ese mismo restaurante asesinó a los dos investigadores literarios Walker y Radelat, uno de ellos norteamericano, el otro cubano-americano, que pretendían escribir un libro, pero los confundieron con “orejas” de la DEA y terminaron sepultados en el bosque de La Primavera.

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