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Las patadas de Trump

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Por: Montse Pérez Cisneros

Abogada, maestrando en Políticas Públicas en el ITAM y especialista en Comunicación Política y Campañas Electorales por la Universidad Complutense de Madrid.

Instagram y Twitter: @montsepcisneros

El reloj sigue avanzando a costa de la voluntad de Donald Trump y todo su equipo, quienes ven cada vez más cerca la ola que podría dejarlos fuera de la Casa Blanca, y no pierden oportunidad para intentar posponer el proceso electoral de noviembre.

Tras la pandemia de Covid-19, o más bien, la característica mala gestión de la pandemia, Donald Trump perdió casi diez puntos con respecto a su aprobación en marzo, tendencia que en los últimos meses se ha revertido, pero no lo suficiente para darle certeza de que saldrá victorioso frente a Joe Biden. Al contrario, todo el panorama se antoja adverso, pues las encuestas más recientes arrojaron que Biden lidera en estados clave, como lo son Michigan, Florida y Arizona.

Además, la elección de Kamala Harris para acompañar en la fórmula demócrata como candidata a vicepresidenta fue por demás estratégica, pues en medio de las protestas por la brutalidad policiaca focalizada hacia la población afroamericana; sus antecedentes como fiscal de California, sus posiciones progresistas en el Senado, y el hecho de que sea mujer afro y asiático-estadounidense, han puesto altas expectativas en cuanto a un nuevo enfoque mucho más inclusivo y progresista. Estas expectativas han hecho que, a diferencia de la elección pasada con Hillary Clinton y Tim Kaine, la dupla Biden-Harris se gane el corazón de muchos indecisos y de algunos demócratas más liberales que simpatizaban con el proyecto de Bernie Sanders, pero no estaban convencidos de la propuesta de Joe Biden. Esta es la mejor apuesta que pueden jugar los demócratas, pues mientras Trump mantenga la base republicana más conservadora, la clave para ganar la presidencia está en sumar los votos de los indecisos, los votantes de centro y los más liberales.

En ese contexto, las tensiones en la Casa Blanca han sido más que evidentes. Claros ejemplos como la visita de Andrés Manuel López Obrador a la Casa Blanca para celebrar la entrada en vigor del T-MEC, o el reciente aumento de las tensiones en la relación con China, no son más que desesperados intentos por recobrar la popularidad de la que gozaba, retomando antiguas banderas que en la campaña de 2016 lo llevaron a la victoria. En el mismo tenor, y probablemente ante la inminencia de las elecciones y el poco tiempo para asegurar una victoria, la más inmediata respuesta que encontró Trump fue la de intentar ganar más tiempo, y así es como puso en marcha su última estrategia para ese fin: sembrar dudas sobre las elecciones e intentar posponerlas.

Apenas en julio pasado, Trump sugirió por primera vez la posibilidad de que se pospusieran las elecciones para asegurar que estas se llevaran a cabo hasta cuando fuera seguro para los estadounidenses salir a votar, pues aseguró, que una votación por correo puede abrir la puerta al fraude electoral. Esta sugerencia se desechó rápidamente cuando se aclaró que sólo la Cámara de Representantes – dominada por demócratas – puede cambiar la fecha de los comicios, que además está establecida en una ley, por lo que el cambio de fecha se antojaba casi imposible.

Ante este panorama, la apuesta de Trump parece haberse inclinado por generar las condiciones para que fueran los mismos ciudadanos quienes presionaran a la Cámara de Representantes pidiendo el cambio de fecha, pues comenzó una campaña de desprestigio al voto por correo, acompañada de una serie de políticas que bloqueaba fondos para el servicio postal y que entorpecieron el servicio.

En respuesta a estas acciones, que los demócratas llamaron “supresión masiva de votos”, los fiscales de Nueva York, Nueva Jersey y Hawái presentaron una demanda en contra del presidente, acusándolo de intentar sabotear el servicio postal previo al proceso electoral. En la demanda, exigían dejar sin efectos las políticas de recorte para regresar al servicio postal su capacidad habitual.

Cabe aclarar, que desde hace más de un siglo en Estados Unidos se ha podido votar de manera presencial y por correo. Y el voto ausente (o voto por correo) es muy popular en algunos estados como Washington que en su mayoría votan por este medio. Además, estudios y expertos de seguridad han insistido en que es improbable que se incurra en un fraude electoral masivo, por lo que incluso un juez le ha ordenado a Trump que aporte las evidencias a su campaña de desprestigio en contra del voto por correo.

De cualquier manera, sabemos que esta última cruzada de Donald Trump – quien, por cierto, en las últimas elecciones votó por correo – no es más que una artimaña para ganar tiempo previo a las elecciones de noviembre, pues claro está en que no quiere sumarse a la muy corta lista de los presidentes estadounidenses que no han logrado la reelección.

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