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La Mujer en la Política

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Por: Yuri Guzmán

Casi 65 años han pasado y la participación de la mujer en la política sin duda se ha transformado. Falta mucho por hacer, pero podemos reconocer que se ha transformado.

Desde que nuestra Nación logró su independencia se han celebrado comicios y sin embargo, pasaron muchos años para que se le reconociera a la mujer el derecho a sufragar. Mucho después -y no sin enormes trabas y complicaciones- se logró que la participación de la mujer no se limitara a solo ser las promotoras del voto o, dicho de otra manera, las que hacían el verdadero trabajo como visitar colonias, dar servicio a la comunidad, convencer y hasta llevar acarreados. Se logró la participación política de la mujer con presencia en la boleta electoral pero, seamos sinceros, de forma muy limitada, restringida, con marcado interés de los varones de dejar a las féminas lo mínimo posible o las posiciones que estaban destinadas a la derrota.

Hubo un momento en que los cambios registrados en la sociedad hicieron que se viera en la Mujer una oportunidad de triunfo y a algunos hombres “se les encendió el foco” y surgieron las llamadas “Juanitas”, aquellas que hacían la campaña, se ganaban la simpatía de los ciudadanos pero, una vez que ganaban, tenían que retirarse para dejar su espacio a un varón.

Poco a poco se han ido cerrando esos huecos que hacían que la participación de la mujer en cargos de elección popular fuera más que nada testimonial, pero parece que hay quienes siguen empecinados en buscar la forma de brincarse las trancas. No quiero ser feminista, pero resulta inevitable confirmar que hay varones a los cuales les incomoda la participación de las mujeres en los llamados órganos deliberativos.

Y sin embargo, “haiga sido como haiga sido” según diría un ex presidente, ahí la llevamos pero falta mucho para que la igualdad sea una característica permanente en la vida política del país.

La presencia de las mujeres en el Congreso de la Unión ha crecido en las tres últimas legislaturas:

En la legislatura 2009-2012, las mujeres representaban el 28.4 por ciento del total de diputados; en el período 2012-2015, el porcentaje subió a 37 y en la legislatura 2015-2018, el 42.6 por ciento de los diputados son mujeres. En el caso del Senado, dicha participación ha sido mucho menor: de 2006 a 2012 solo 17.2 por ciento de los escaños eran ocupados por el mal llamado “sexo débil” y en la actualidad (en el período 2012-2018), solo el 32.8 por ciento.

Un fenómeno similar se ha vivido en las legislaturas locales, sin embargo la participación de la mujer en dichos ámbitos aún no es suficiente tal como ocurre en otros espacios de representación popular y no electivos que en la práctica continúan reservados al género masculino.

De 2009 a 2017, pasamos de un 4.8 % de los ayuntamientos presididos por una mujer a un 14%. Por otro lado, la titularidad en los gobiernos federal y estatales son muestra de la inequidad que persiste en nuestro país a pesar de la evolución de las cuotas de género, ocurrida en marzo de 1993. De 1987 a 2017, solo se han tenido siete mujeres gobernadoras, contra 201 varones en ese cargo.

Y ahora que nos han venido cantando la mentada paridad horizontal, tampoco se ve que las cosas vayan a cambiar mucho. Los partidos han aprovechado los huecos y hasta la tibieza de los órganos electorales para hacer lo que quieren y para dejar a las mujeres la mayoría de las candidaturas, sí, pero las de menor importancia. Muestra clara es la poca aparición de mujeres entre las candidaturas a las alcaldías metropolitanas.

Y el tema no se limita al otorgamiento de más candidaturas para mujeres. La inequidad sigue siendo evidente en la distribución de espacios como las secretarías de estado, órganos jurisdiccionales, administrativos y, hasta 2015, los institutos electorales locales, por mencionar algunos. Y a la vez, está vinculada con lo que ocurre en lo cotidiano: en el sector privado, siguen siendo pocas las mujeres que llegan a puestos directivos e incluso de mandos medios y cuando lo logran, no están exentas de acoso, maltrato, exclusión y hasta el ingreso que se les otorga es menor. Tan solo en Jalisco, de acuerdo con registros de la Secretaría del Trabajo únicamente existe el registro de 14 empresas que pagan igual a hombres y mujeres cuando desempeñan el mismo trabajo.

Esta inequidad alcanza todos los espacios, incluso los medios de comunicación. Aunque hay muchas reporteras, conductoras, redactoras, productoras e incluso operadoras y camarógrafas, me pueden decir cuántas directoras de medios conocen? Acaso no existe la capacidad?

Pero continuando con la paridad de género de la que ahora tanto hablamos, los obstáculos que esta tiene enfrente no son menores. Por ejemplo, esa determinación choca o por lo menos se complica con otras figuras que se han venido incorporando a las leyes electorales como la reelección a nivel local, la representación popular de la multiculturalidad mexicana o, inclusive, las candidaturas independientes. Qué podemos esperar ante ese escenario? Muchos conflictos que invariablemente podrían terminar en los tribunales.

El reto es enorme, porque independientemente de la forma como terminen definiéndose los espacios en juego para esta elección (de acuerdo con la paridad en la postulación de candidaturas), ya es un hecho que esta vez pasaremos a la paridad en la integración de órganos legislativos y municipales. Es decir, en el peor de los casos tendrá que haber 50 por ciento de regidoras y legisladoras y 50 por ciento de hombres en esos espacios. Digo que en el peor de los casos porque en aquellos órganos conformados por un número impar de integrantes, las mujeres ocuparán el 50 por ciento más uno de los espacios.

Este reto implica también que se asignen esos espacios a mujeres que sepan de las responsabilidades y que estén interesadas por desempeñar el mejor papel. Y que en lo sucesivo, se siga capacitando a más mujeres para que puedan desempeñarse cada vez mejor en la política.

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