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Improbable destitución de Trump

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Por: Salvador Cosío Gaona

Definitivamente, Donald John Trump, no será el primer presidente de los Estados Unidos de América del Norte en ser destituido. A pesar de que el pasado miércoles 18 de diciembre se convirtió en el tercer mandatario estadounidense en enfrentar un juicio político después de Andrew Johnson en 1868 y Bill Clinton en 1998, quienes fueron absueltos por el Senado de sus respectivos procesos, se espera que el polémico magnate, al igual que sus antecesores, será “salvado” por los senadores de su partido. 

El actual inquilino de la Casa Blanca fue acusado por la mayoría de los legisladores de la Cámara de Representantes del Congreso de ejercer presión sobre Ucrania para obtener beneficios políticos personales y de intentar obstruir las investigaciones que el órgano llevaba a cabo.

La primera moción se aprobó con 230 votos a favor, 197 en contra y una abstención. El apoyo a cada lado fue estrictamente partidario. Con la excepción de dos representantes, todos los miembros del partido demócrata apoyaron la iniciativa, mientras que sus homólogos republicanos la rechazaron. La segunda, en tanto, contó con 229 apoyos, 198 rechazos -un nuevo demócrata manifestó su oposición a este cargo- y una abstención.

Tras votar procedente el denominado “impeachment”, el proceso deberá continuar en el Senado donde se requieren dos tercios de los votos para separar al presidente de su cargo. Y es justo ahí dónde entrarán en acción sus correligionarios para evitar la destitución, dado que el Partido Republicano controla 53 de los 100 escaños y, para ganar, los demócratas necesitarían que al menos 67 senadores votaran por la remoción del presidente. Esto significa que, además de los 45 votos de su propio partido y el apoyo de dos independientes, el Partido Demócrata necesitaría que 20 republicanos cambiasen de bando y eso, claramente, no va a ocurrir. 

Los demócratas sugieren que la próxima etapa del proceso de destitución podría atraer aún más la atención del público.

En tanto, las encuestas insinúan que la opinión del pueblo estadounidense se encuentra dividida equitativamente sobre si Trump debe ser separado de su cargo.

En la última, publicada el martes 17 de diciembre por el periódico estadounidense The Washington Post y el canal ABC , el 49% de los encuestados estuvieron a favor de la destitución y el 46% se opuso.

Cabe mencionar que, la posibilidad de ‘impeachment’ (procesamiento) a un presidente, vicepresidente y cualquier cargo público civil está consagrada en la Constitución de Estados Unidos desde su aprobación en 1789. El proceso, originado de las leyes coloniales inglesas, puede impulsarse ante lo que se consideren casos de “traición, soborno, altos delitos o faltas”. La amplitud de ese concepto propicia desde entonces un intenso debate interpretativo entre políticos y juristas. El castigo de un ‘impeachment’ es la destitución del cargo sin posibilidad de apelación.

La Constitución concede a la Cámara de Representantes la votación inicial de cualquier proceso de destitución. Si es aprobada por mayoría, el proceso se traslada al Senado, y como ya señalaba, para aprobarse la destitución, es necesario el voto a favor de dos tercios del Senado.

Solo ha habido dos impeachments en la historia de Estados Unidos, ambos del Partido Demócrata: en 1868 a Andrew Johnson y en 1998 a Bill Clinton. Ambos procesos fueron aprobados por la Cámara de Representantes pero rechazados por el Senado.

El proceso a Johnson se originó en una pugna entre demócratas y republicanos en un momento de creciente tensión tras el fin de la Guerra Civil. El Congreso, controlado por un ala radical del Partido Republicano, aprobó -y logró anular el posterior veto de Johnson- una ley que impedía al presidente demócrata destituir, sin el apoyo del Senado, a cargos públicos designados por la Cámara Alta.

Ignorando esa ley, Johnson destituyó a su secretario de Guerra, un aliado de los republicanos, lo que propició el proceso de impeachment. En dos votaciones en mayo de 1868, el Senado se quedó a un solo voto de los necesarios para destituir al presidente.

El impeachment a Clinton se originó en una investigación de un fiscal a una operación inmobiliaria del matrimonio Clinton y derivó en un análisis de la conducta sexual del presidente en medio de un culebrón de revelaciones. A raíz de una acusación de asalto sexual antes de acceder a la Casa Blanca, Clinton se convirtió en el primer presidente en testificar en defensa propia ante un jurado.

El proceso de impeachment acusó a Clinton de cometer perjurio y obstrucción a la justicia por ocultar su aventura sexual en 1997 con la becaria de la Casa Blanca Monica Lewinsky. La clave recayó en dirimir si Clinton mintió bajo juramento cuando negó haber mantenido una relación sexual con Lewinsky -con la que mantuvo sexo oral- y si dificultó las investigaciones al alentarla a negar el affaire.

En diciembre de 1998, la Cámara de Representantes aprobó la destitución del presidente, pero esta fue rechazada en febrero de 1999 por el Senado.

En 1974, el Congreso iniciaba los preparativos a un impeachment al presidente Richard Nixon cuando el republicano presentó su dimisión por el escándalo del caso Watergate.

Cabe acotar que en el caso del ex presidente Richard Nixon, la opinión pública negativa con la que contaba en ese año allanó el camino para su renuncia, ante la posible destitución a la que se enfrentaba y que se hacía cada vez más segura.

Pero,  en el caso de Trump, la sólida mayoría republicana del Senado y su estrategia de descalificar la investigación como partidista hacen que la destitución sea una posibilidad distante, y aún más lo es que el empoderado y polémico presidente pudiese renunciar al cargo como Nixon lo hizo en su momento.

Opinió[email protected]

@salvadorcosio1

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