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Escombros en mi mente – La exclusiva con Palma Salazar

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Por: Rodolfo Chávez Calderón

Fidel Antonio Cansino Albores (QEPD), prototipo del policía nato, había intentado al principio de la década de los 90, asumir la dirección de la Policía Judicial del Estado, sólo que no faltó quien esculcara por ahí hasta encontrar antecedentes tan graves como que en alguna época había llegado a tanto, que acompañado por uniformados de Jalisco, en patrullas de la Policía de Guadalajara, había ido a Colima a Asaltar un banco. No tardaron las autoridades en retirarle su confianza y apenas tenía dos días en el cargo, fue destituido.

Pasó el tiempo y un día recibí una llamada en la redacción de El Occidental. Era el comandante Cansino, como lo conocíamos en el ambiente policíaco. “Jefe”, me dijo, como solían llamarme muchos protagonistas de los mandos policíacos: “ya arreglé mi problema, me absolvieron en Colima, necesito trabajar y me ofrecen un puesto de comandante en Jalisco, lo molesto porque quiero que me permita trabajar”. Entendí que se trataba de no revivir el antecedente a que hacemos mención y mi respuesta fue en sentido de que todos tenemos derechos de trabajar y la advertencia de que haría un “borrón y cuenta nueva”… A partir de ahí estaríamos pendientes de su desempeño y comportamiento en el cargo público…

No volví a saber de él hasta que me enteré que estaba involucrado en el área de inteligencia militar de la V Región con sede en Guadalajara. Justo dos o tres días antes habían detenido en Tepic a Héctor Palma, el “Güero Palma” y ningún compañero periodista sabía a dónde lo habían llevado.

Era un domingo a muy temprana hora cuando recibí la llamada del comandante Cansino: “Jefe, ¿se acuerda cuando le pedí un favor hace ya varios años?, quiero pagárselo”… No hay problema, Sr. No tiene por qué pagar, le respondí.

“Sí, creo que le va a agradar… le gustaría entrevistar a “El Güero Palma?”… 

Imaginarán ustedes, estimados lectores, lo que respondí… ¡CLARO!… entonces Cansino Albores me dijo que me esperaba a las once en el hospital Militar situado en lo que durante mucho tiempo conocimos como “El Cuartel Colorado”.

Una sola foto, me dijo… y a la hora acordada estuve ahí en la entrada situada por la calle Medrano. Me anuncié en la puerta y enseguida bajó las escaleras el comandante Fidel Antonio, quien me pidió que lo acompañara. Apenas comenzábamos a subir las escaleras, cuando apareció el profesor Luis Octavio López Vega, exdirector de la Policía de Zapopan y miembro en ese entonces del grupo de Inteligencia Militar… “¿A dónde va usted?”, me preguntó…  A ver al “Güero”, le respondí… Argumentó de inmediato que “El General (Gutiérrez Rebollo) no lo ha autorizado, no puede pasar”… Cansino se acercó a mí, me echó el brazo al cuello, y se disponía a conducirme escaleras arriba, cuando llegó también el Capitán Montenegro… “¿Don Rodolfo, viene a visitar al Güerito?”, me preguntó, a la vez que se emparejaba con nosotros y me hacía la seña de que lo siguiera…

En unos momentos ya estábamos en la planta alta… Sobre un colchón King size, estaban un niño de unos diez años y una niña de cuatro, aproximadamente. El niño, que luego supe se llamaba Jesús Héctor, por el grabado en una esclava de oro de notables dimensiones que ostentaba en su muñeca derecha, torcía la mano a su hermanita para obligar a la mujer militar que los cuidaba, a darle monedas para ir a sacar bolsas de papitas de la máquina expendedora.

“Me ha salido caro ya”, me comentó la muchacha vestida de militar.

Luego caminé hasta la puerta de una habitación donde supuse estaría Palma, puesto que mis tres anfitriones se habían adelantado. Era una habitación de unos tres y medio metros de fondo por diez o doce metros de largo. Al extremo norte estaba una cama vacía y al lado sur había una puerta de madera que correspondía a la entrada del baño. Justamente dentro se hallaba Héctor Palma Salazar, me dijo el Capitán Montenegro que no tardaría en salir.

Así fue, enfundado en una bata azul, de hospital, Apareció Palma, encorvado y ayudado para caminar por el propio Cansino y otro agente, hasta que lo auxiliaron para sentarse sobre su cama; Él quedó justo a la cabecera, enseguida el Capitán se sentó frente a Palma y yo me coloqué sobre la cama, a la izquierda del señor aquél que no parecía ser tan peligroso como se decía.

¿“De dónde venías y a dónde ibas”?… me apresuré a preguntarle… “No sé ni quién chingados me está preguntando”, respondió… -“¡contéstele al Comandante!”, ordenó imperativo el Capitán Montenegro… “de Ciudad Obregón… ay!, ay!“, tal vez la entrevista más corta que haya hecho en mi vida, pero ¡exclusiva!

Y es que Palma Salazar fingió una crisis, como si tuviera un fuerte dolor en el abdomen y se dejó caer de espaldas sobre la cama… 

Ya me disponía a salir de ahí, cuando el Capitán me dijo que necesitaba ayuda, puesto que iban a trasladar al patio del hospital militar a los ocho cómplices de Palma, y el fotógrafo de la V Región Militar, de apellido Rizo, no había sido localizado. Acepté gustoso y me trasladé al patio de aquél viejo edificio, para cumplir mi encomienda.

Los pusieron a todos en fila, como en un paredón de fusilamiento. A cada uno le colgaron un fusil ak47 al hombro y me encargué de dispararles con mi cámara.

Luego me pidió el Capitán que tomara “caritas”, esto es fotos de cerca, por lo que comencé a tomarles uno a uno. Al llegar a Héctor Palma, éste comentó: “si estos fusiles tuvieran balas”… y me atreví a reponer: “que friega nos parabas, ¿verdad?”… todos se rieron, pero brevemente, porque de repente se dieron cuenta que la cara de Palma adoptó un rictus de odio, y sus azules ojos parecían arrojar fuego… un escalofrío recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies y me apresuré a terminar de tomar las fotos a los cuatro detenidos que me faltaban…

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