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Escombros de mi mente – El Capitán Montenegro

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Por: Rodolfo Chávez Calderón

Mediante una llamada telefónica, se comunicó con quien esto escribe, el que fuera administrador de la Policía de Zapopan, un señor de apellido Chávez, “señor, le llamo porque el Capitán Montenegro expresó su deseo de entrevistarse con usted”… “Conmigo?”… respondí.

La sola mención del Capitán Montenegro hacía temblar a todo aquel que no anduviera muy bien en su vida, sin embargo para el reportero significó una oportunidad de conocer al temido Capitán Montenegro, jefe de Inteligencia Militar en la región Occidente de México, con influencia en cinco estados de la República y con sede en Guadalajara, dentro de la división territorial de la V Región Militar.

Había que aceptar aquella entrevista, aunque se tratara de un personaje desconocido y del que se decían muchas cosas, como “cuando Montenegro los atrapa, de verdad que le sufren”. Pero todo eso hacía más interesante la posibilidad de una entrevista con aquél hombre, que en mi mente se representaba como un individuo de elevada estatura, tez hosca y seguramente, grosero y prepotente.

Llegó el día de la cita, serían las seis de la tarde cuando arribé al edificio de la V Región Militar, situado entonces frente a las instalaciones de la Prepa de Jalisco, o Prepa Uno, por las calles San Felipe y González Ortega. Después de esperar unos minutos atendiendo siempre el protocolo interno de la “Zona Militar”, por fin pude pasar. Era un viejo edificio de varios pisos, muy antiguo y sombrío, pero con apariencia de haber sido un convento o algo por el estilo. 

Escaleras tras escaleras, pasillos tras pasillos, por fin llegué a lo que parecía ser la antesala de una oficina. Un soldado me indicó que pasara, lo hice y me sorprendí de ver frente a mí, en un escritorio del que seguro habían pasado sus mejores tiempos, a un joven de estatura mediana, de aspecto sencillo, con apariencia agradable.

Descontrolado, le pregunté: “El Capitán Montenegro?”… -“Siéntese”, recomendó amablemente. Sus manos rodeaban un expediente de unas mil 500 hojas y su barbilla descansaba sobre aquellos legajos. Y sin levantar la cabeza, me dijo “Aquí aparece usted, Lic.”, refiriéndose de seguro al expediente que tenía sobre su mesa. Rápidamente vino a mi mente el único asunto, así de voluminoso, donde podría mencionárseme y le respondí: “debe ser el de un señor de apellido González, compadre de “El Chapo”, detenido por posesión de droga y acopio de armas, cuyo abogado me citó como testigo para referir cómo fue que obtuve la información que publiqué en el periódico El Occidental.

La respuesta del investigador fue inmediata: “ya ví lo que dice de nosotros, de cómo le damos información con un boletín y sólo le ponemos al detenido para que lo retrate, sin poder preguntar más”… ¿Qué pasaría si yo le diera información?… La publicaría, le respondí.

Atrás de él había un estante en el que se veían tres montones de legajos, todos voluminosos, calculé que serían unas dos mil hojas de cada uno de ellos. Se colocó de lado para señalármelos, a la vez que me decía: “le gustaría tener estos expedientes?… “Los Arellano”, “El Señor de los Cielos”, “El Chapo Guzmán””… Me sentí como un niño que entra a una juguetería como solía ser hace medio siglo o más la Colonial de Mexicaltzingo… ¿A quién tengo que matar?, le dije haciéndome el gracioso. “Sólo comprométase a publicarlos, cuál le doy primero”… Elegí a los Arellano Félix… intuí entonces que debía pasarme toda la noche sentado ahí para tomar datos de aquellos valiosos documentos… “No, lléveselo y cuando lo desocupe me lo trae, entonces le doy otro”…. Salí de ahí feliz, dispuesto a escribir mil historias bien documentadas, como realmente ocurrió a partir de ese momento.

Antes de retirarme con aquél pesado tesoro entre mis manos, le pregunté ¿por qué a mi?… respondió que el entonces General Secretario de la Defensa Antonio Riviello Bazán, en una visita a Guadalajara había leído El Siglo 21, periódico en el que escribía mi columna Juicios y Juzgados; para solaz mío, al Secretario de la Defensa le llamó la atención el contenido de mi escrito y les ordenó tenerle diariamente en su despacho de la Ciudad de México, un ejemplar de ese periódico… Comenzó así una época de mucha información privilegiada.

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