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Eduardo Matos Moctezuma recuerda 40 años del Proyecto Templo Mayor

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A casi 40 años del descubrimiento del monolito de la Coyolxauhqui, que confirmó al mundo la grandeza de México-Tenochtitlan, como se puede disfrutar ahora en el Museo del Templo Mayor (MTM), el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma recordó el acontecimiento que vivió de primera mano.

En un comunicado, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) explicó que de ese descubrimiento surgió el Proyecto Templo Mayor (PTM), que concentra en buena parte los trabajos en el primer cuadro de la ciudad y cuyas investigaciones no han dejado de revelar secretos de México-Tenochtitlan.

Recordó que en 1978 fue hallada la diosa lunar Coyolxauhqui y que el Día de La Raza (12 de octubre) de 1987 fue inaugurado el Museo del Templo Mayor, que por todo lo que significaba en su primer año de puertas abiertas superó el número de asistentes del Museo Nacional de Antropología. En 30 años se estima que ha recibido a unos 18 millones 500 mil visitantes.

Sin embargo, continuó el INAH, esa cifra puede tener un fuerte impulso con la actual exposición en el museo, “Revolución y estabilidad”, que integra la celebración por las cuatro décadas del PTM y los 30 años de existencia del museo, y que alude a la iniciativa de investigación que impuesto paradigmas en la materia.

En el comunicado, Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH, resaltó el significado del PTM, que arrancó el 20 de marzo de 1978, una vez que las cinco ofrendas en torno a Coyolxauhqui fueron excavadas por un equipo de salvamento arqueológico.

Recordó que el descubrimiento del sitio arqueológico se remonta a 1913, cuando Manuel Gamio encontró en la esquina de Seminario y Santa Teresa (hoy Guatemala) los restos de la esquina sureste del Templo Mayor y una de las cabezas de serpiente del extremo sur de la escalinata de Huitzilopochtli.

Fue apenas un asomo de lo que actualmente se puede disfrutar en 12 mil 900 metros cuadrados que entonces fueron expropiados para explorar el sitio. Al MTM le antecedió en el lugar el Museo Etnográfico, donde ya aparecía la maqueta de lo que se supone había sido la ciudad de México-Tenochtitlan.

Dicha maqueta, hecha por el arquitecto Ignacio Marquina, ocupó un lugar privilegiado en el MTM hasta que fue descubierto otro monolito, el de la diosa Tlaltecuhtli, en 2006, que después ocupó su lugar. La construcción del museo, recordó Matos Moctezuma, fue encargada a Pedro Ramírez Vázquez, autor también del Nacional de Antropología, y Jorge Ramírez Campuzano.

La investigación para el mismo fue hecha por el propio Eduardo Matos y la museografía por Miguel Ángel Fernández, quienes consiguieron con esta obra evocar la dualidad del Templo Mayor.

“De inmediato planteamos cómo estas presencias estaban obedeciendo no sólo a elementos religiosos, de cosmovisión muy importantes, sino que también reflejaban una economía sustentada en la agricultura y la guerra -con la imposición de tributo a los pueblos sometidos-, representadas por estos dioses. El Templo Mayor era el axis mundi para los mexicas, y de éste partían los cuatro rumbos del universo, materializados en las calzadas que dividían la ciudad.

“Estábamos en el corazón del imperio, y eso fijó en mucho nuestro cauce de investigación, nuestra metodología”, detalló el arqueólogo.

Destacó que esos trabajos llevaron a orientar al museo al poniente, por donde desciende el Sol, al igual que el Templo Mayor; y así como el edificio prehispánico tuvo una mitad dedicada a Tláloc y la otra a Huitzilopochtli, lo mismo se buscó con el moderno imnueble.

Subrayó que cuatro secciones se destinaron a los aspectos de la deidad de la lluvia y la fertilidad, y las otras cuatro salas a los atributos de la entidad de la guerra, y desde que se accede a su interior “ya no hay salida, quedas cautivo”.

Hizo especial mención de las repercusiones del descubrimiento, pues a partir de ello se han realizado “más de mil 200 publicaciones de todo tipo”, además que “tenemos dos equipos de campo, el Proyecto Templo Mayor y el Programa de Arqueología Urbana, coordinados por Leonardo López Luján y Raúl Barrera Rodríguez, respectivamente”.

A los anteriores se suman “investigadores aquí en el museo que son de primer nivel, que han abordado aspectos muy especializados como la manufactura de objetos de concha y de lítica, o los temas rituales vistos desde la osteología.

“De manera que el Museo del Templo Mayor ha destacado como un espacio de divulgación, porque es ante todo un centro de investigación”, aseveró.

Estas investigaciones han dado resultados “impresionantes”, como la ubicación del Cuahxicalco, lugar donde se realizaban las exequias de algunos soberanos mexicas; una especie de arriate que sigue conteniendo los restos de un árbol (al parecer un encino) que debió considerarse divino, y un piso de lajas con símbolos de la Guerra Sagrada.

Al traspasar la Plaza Manuel Gamio el visitante se encuentra con una perspectiva inicial a escala de las ruinas del Templo Mayor y, enseguida, la placa conmemorativa de la inclusión del Centro Histórico de la Ciudad de México, en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

“Las investigaciones han permitido profundizar en los materiales, indagando en las ofrendas (235 encontradas hasta el momento), preguntándose cómo las acomodaron los sacerdotes, qué representan, qué simbolizan”, dijo Eduardo Matos.

“En fin; la arqueología ha comenzado a aportar una información formidable, contrastando lo que a veces se daba por un hecho con la sola lectura de las crónicas. El Proyecto Templo Mayor ha brindado un nuevo rostro del mexica”.

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