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A la conquista

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Por: María Elisa Bravo, Lic. en Comunicación y Analista de Problemáticas Sociales

Cuando vamos al supermercado o a una tienda a comprar algo, no he sabido que se nos aplique algún cupón de mujer, es decir, un descuento por razón de género (a excepción de ocasiones especiales). Si esto no sucede, ¿por qué en el momento de la remuneración sí?
 
Las mujeres estamos en una lucha por la igualdad de oportunidades, no de ventajas. Con oportunidades no nos referimos únicamente a que un puesto esté disponible para nosotras, sino que las condiciones sean equitativas para poder ejercer las tareas que el puesto demanda. La igualdad de género requiere de acciones colectivas, de voluntad política, de reconocimiento del problema, de legislación a favor de ellas y de presupuesto.
 
En Polonia las mujeres ganan .91 centavos por cada dólar que gana un hombre, en Israel .81, en Corea del Sur .64, y así podríamos seguir con una enorme lista. Es fundamental comprender que la igualdad de género y salarial son un acelerador para erradicar la pobreza. Si en un hogar, las mujeres presentaran las mismas oportunidades laborales y salariales que ellos, los niveles de calidad de vida de la familia serían mejores. Por ejemplo, en México, Brasil, Colombia o Uruguay, la calidad de vida tendría aumentos del 3% o 4% y en países como Nicaragua o El Salvador, hasta el 10% (CEPAL). Por su parte, la eliminación de la brecha salarial tendría como consecuencia la disminución notable de la pobreza, por ejemplo, Bolivia en un 14% o en Colombia un 9%, de acuerdo con cifras de la ONU.  
 
Podríamos tomar como ejemplo a muchos países que están por encima de México en temas de igualdad de género, pero en particular hay algunos que deberían de ser la base del resto, es decir, que las prácticas sean al menos similares o superiores.
 
Islandia, por ejemplo, ocupa el primer lugar en igualdad salarial y el segundo país con mayor número de primeras ministras votadas, pero esto no sucedió de la nada. En 1975 las protestas en las calles del país eran cada vez más constantes y fuertes, por lo que la ausencia de ellas en los trabajos (algo similar al Paro Nacional del 9M) comenzó a forzar a los representantes políticos y a la sociedad a que se les escuchara, porque los trabajos ya no podían realizarse. Cinco años después de este gran esfuerzo, en 1980, Vigdis Finnbogadottir se convirtió en la primera mujer electa como primer ministro en el mundo.
 
A partir de ese momento, sucedió un parteaguas histórico, y fue tan solo el inicio de una batalla que ganarían las mujeres. Los trabajos legislativos comenzaron a dar frutos cuando las mujeres ganaron la oportunidad de una licencia de maternidad pagada por tres meses y posteriormente en 1966 se extendió a seis meses. Sin embargo, las mujeres se dieron cuenta de que esto aumentaba la brecha salarial, pues motivaba a las mujeres a quedarse en casa por más tiempo, mientras que el padre utilizaba el mismo tiempo para seguir creciendo en su carrera profesional. Fue entonces cuando decidieron legislar la licencia por paternidad en el 2000, y entonces sí, se crearon condiciones de igualdad laboral.
 
Aun si se “dividen” las labores del hogar, la situación sigue siendo desigual. Según el Pew Research Center 2013 en Estados Unidos, incluso si ambos padres pasan el mismo tiempo trabajando, la mujer dedica nueve horas semanales más que el hombre a cuidados del hogar y los hijos.
 
La historia nos permite ver y tomar la oportunidad de repetir aquello que funciona y dejar aquello que nos hace daño como sociedad. En Ruanda hace algún tiempo, las mujeres no podían hablar en público o abrir cuentas bancarias sin previa autorización de su esposo. Sin embargo, un evento histórico social obligó a que la situación para el género femenino cambiara. En 1994, con el intento de la exterminación de la población Tutsi, los asesinatos destruyeron el tejido social y cerca del 60 % o 70% eran mujeres. La falta de hombres orilló a las mujeres a incorporarse en actividades que jamás hubieran pensado, como la política, el ejército, u otras actividades. Tiempo después, Ruanda se convirtió en el primer parlamento con mayoría de mujeres en 2008.
 
Lo anterior nos permite ponernos a pensar que con una situación que forzó a que hubiera un cambio social, las mujeres pudieron demostrar su inteligencia, su capacidad y que las limitaciones por razón de género han sido una construcción social. Es fundamental comprender que no se trata de un tema de “moda” como muchos plantean, pues a lo largo de la historia se ha demostrado que es un movimiento que ha logrado romper y alcanzar un poco más de igualdad. Tampoco debemos caer en un juego de simulación, de cumplimiento social o de fotografías, sino que debemos estar convencidos y comprometidos con las acciones a ejercer. No podemos esperar a que no existan hombres para apoderarnos de los espacios, ni a que se nos dé la oportunidad de demostrar. Vayamos a la conquista de los espacios.

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