Seguir noticias “patito” puede distorsionar la opinión de un pueblo

Seguir noticias “patito” puede distorsionar la opinión de un pueblo

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El lunes pasado, en esta misma 
sección, José Soto Galindo publicó una interesante pieza 
sobre las tendencias y comportamientos de las noticias a raíz del surgimiento de las redes sociales. En su nota titulada “Los algoritmos arrebatan la silla de los editores”, aborda la transición que se vive actualmente en el mundo de las noticias. Éstas, tradicionalmente eran reporteadas, creadas, producidas y distribuidas por periodistas y casas de medios y que ahora son generadas y distribuidas por usuarios, redes sociales y medios electrónicos por igual.

El autor menciona estudios y datos duros en los cuales se aprecia la tendencia de los lectores y las au
diencias a utilizar cada vez más las redes sociales para informarse sobre sucesos relevantes. El simple hecho de contar con un teléfono inteligente o con una tablet conectada 24 horas al día a Internet nos permite tener acceso sobre lo que queremos saber prácticamente en tiempo real. Este fenómeno está alterando el mundo noticioso en fondo y forma y a pesar de tener múltiples beneficios, también conlleva considerables riesgos.

A través de sofisticados algoritmos, las redes sociales filtran la información a nuestras pantallas según patrones personales de consumo de noticias que se forman, tomando en cuenta factores como la geoloca
lización, la actualidad o ciertos factores demográficos como sexo, edad y hobbies o pasatiempos.

Si bien esta innovadora forma de producir y vender noticias, hecha a la medida de las audiencias, ha sido
de enorme utilidad en un mundo en el que estamos inundados de información, también ha propiciado que corramos el riesgo de recibir sólo un
lado de la historia o ser testigos de noticias que solamente hablan de temas relevantes a nuestro estilo de vida.

De la misma manera que Netflix 
genera ofertas de contenido similares a las que el cliente consume, estos algoritmos automáticamente generan noticias compatibles con el perfil que cada usuario va desarrollando.
Por lo tanto, es posible que al recibir
solamente cierto tipo de noticias o información, estemos auto bloqueando otros temas que también son útiles para la toma de decisiones 
diarias y la formación de opiniones maduras e integrales.

Adicionalmente, en las redes sociales es factible publicar y reenviar viralmente información cuyo origen puede ser incierto o dudoso, ya que cualquier usuario puede escribir, opinar y crear una noticia sin que la veracidad de la misma sea corroborada por los editores. Despidos, renuncias, muertes y resultados de elecciones suelen ser noticias sumamente alarmantes y muchas veces generan gran “engagement” cuando en realidad eran falsas.

Quizá resulte arriesgado pensarlo, pero la histórica decisión de los votantes del Reino Unido para salirse de la Unión Europea en gran medida pudo haber sido tomada basándose en datos, noticias y comentarios 
virulentos que van forjando una opinión y una decisión poco fundamentada. Este tipo de eventos nos invitan a reflexionar una vez más en la seriedad y la importancia que debe tener un periodista o una casa
editorial capaz de respaldar lo que publica.

Un caso potencialmente peligroso
 es el crecimiento de la popularidad y la importancia que está cobrando el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump. Si bien esta columna no pretende analizar sus virtudes o defectos como candidato, es pertinente notar una creciente devoción, hasta cierto punto poco fundamentada, por el popular candidato.

Las redes sociales son una herramienta útil para socializar de manera virtual, conocer gente, mantenerse en contacto con seres queridos en otros sitios y compartir. Sin embargo, hay una línea delgada que comienza a ser atendida por empresas como Facebook y Twitter, que divide la libertad de publicar, con la
administración y posible cocreación de contenido.

Un tema recurrente sobre la administración de las noticias es el de 
la libertad de expresión. Ésta es un derecho del que todo ciudadano debe gozar y por el cual todo gobierno debe velar. El dilema es definir hasta dónde una empresa de medios electrónicos o una red social deba permitir sin restricción de contenido el uso de sus espacios.

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