La verdad sobre lo que ocurre cuando te tragas un chicle

La verdad sobre lo que ocurre cuando te tragas un chicle

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Cuando somos pequeños nos meten miedos absurdos en la cabeza, y lo peor es que muchos nos los creemos. Si eres de los que asumió que si se comía los mocos estaba ingiriendo pequeños trozos de su cerebro; que la masturbación te provocaría ceguera transitoria o definitiva o, ya algo más mayor, te aterrorizaste con la idea de que mezclar Coca Cola y Baileys crearía una explosión en tu estómago, hazte un favor: ve a una sala de urgencias y contabiliza cuánta gente está allí por alguna de estas causas.

Y cómo olvidarnos del gran mito de tu infancia: ‘No te tragues el chicle que se queda en tu estómago para siempre’, seguro que te dijeron más de una vez mientras tu tráquea empezaba a ponerse frenética buscando por todos los medios que aquel pedazo de plástico no pasase la barrera y acabase criando malvas –o sabe dios que otros seres– en tu apreciado cuerpo.

Ahora la ciencia quiere sacarte de la psicosis generada por tus traumas infantiles. Ya saben lo que ocurre cuando te tragas un pedazo de goma de mascar, y resulta que no es para tanto.

¡Oh no! ¡Me lo he tragado!
“El mito infantil de que la goma de mascar permanece en nuestro cuerpo durante siete años es falso”, sentencia Shivali Best en ‘The Daily Mail’. Básicamente, el chicle está compuesto de goma, edulcorantes, condimentos y sustancias que sirven para ablandar el producto. Nada mortal.

Pese a que se compone principalmente de caucho de butilo –similar al que se utiliza para fabricar las pelotas de baloncesto–, los expertos aseguran que, aunque la mayor parte de esta goma no se puede digerir, el cuerpo la elimina a los pocos días, no a la década.

Tal y como explican los científicos de la American Chemical Society, la goma de mascar no es más nociva que el resto de la comida que pasa a través de nuestro sistema digestivo. Cierto, es más difícil de asimilar, pero hace su recorrido por nuestro intestino y entrañas sin causar ningún daño mayor que el que puedan provocar otros alimentos.

Una vez dentro: el recorrido del chicle
Cuando comemos algo –ya sea comida al uso o goma de mascar, aunque no habituemos a tragarnos la segunda como si fuese un trozo de filete– pasa por tres fases principales en nuestro cuerpo, explica Best: “La primera es la mecánica, comúnmente conocida como masticación, en la que los dientes y lengua empiezan a trabajar para aplastar y hacer añicos los alimentos, lo que despierta a los músculos que se encargan de mover lo que deglutes al tracto digestivo”. De ahí pasa al estómago donde, como si fuese una especie de coctelera, se agita y mezcla lo que comes con los jugos gástricos.

Empieza la segunda fase: las enzimas –catalizadores biológicos que aceleran las reacciones químicas que se encuentran en la saliva, los jugos del estómago y los intestinos–, se encargan de descomponer los alimentos extrayendo de los mismos los nutrientes que el cuerpo pueda utilizar como grasas, proteínas o carbohidratos, y desechando el resto. Así, como podrás imaginar, del chicle que te has tragado no va a obtener ningún valor nutricional, y simplemente pasa de largo como un resto más y se encuentra con la tercera y última fase digestiva, a poder ser, a los pocos días. Y hasta aquí su breve y poco intenso paso por tu cuerpo.
Otras cosas que sí se quedan perennes
Los rumores que circulan sobre los hallazgos de los médicos de urgencias no tienen nada de leyenda urbana. El doctor Fran Gaillard, que es el encargado de realizar las radiografías de urgencia en un hospital australiano, fundó en 2005 Radiopaedia, un sitio en el que los médicos pueden compartir sus radiografías para aprender a interpretar estas donde actualmente pueden verse cerca de 16.000 casos.

Como explicó Gaillard en ‘ABC News’, es muy habitual encontrar cuerpos extraños en las imágenes de rayos X, tanto en niños menores de cuatro años, “que se meten cualquier cosa en la boca y pueden acabar tragándosela sin querer”, como en adultos que llevan los juegos sexuales demasiado lejos. “Los pacientes normalmente saben que tienen algo en el recto pero no se acuerdan de cómo ha llegado allí”, asegura Gaillard.

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