Guadalajara y sus calandrias

Guadalajara y sus calandrias

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Por: Mtro. Ricardo Alvirde Sucilla
Consejero Presidente de la
Sociedad Histórica, Cultural y Patrimonial
de Guadalajara A.C.

Calesas o calesínes; es el nombre que se les da en otros lugares a esos carruajes tirados por caballos a los que los tapatíos llamamos “calandrias” y es muy posible que el mote se deba a ese gusto que tenemos los nacidos en esta tierra por renombrar a las cosas y de esa manera hacerlas parte indivisible de nuestra identidad.

Hay quienes afirman que las calandrias comenzaron a ser llamadas de esta manera cuando una ordenanza estableció que los coches que brindaban servicio público fuesen pintados en color negro y amarillo para distinguirlos de los carruajes privados que comunmente circulaban por las calles de esa Guadalajara que se movía por la tracción animal; los colores negro y amarillo pronto hicieron que los tapatíos le encontraran similitud con un ave cuyo nombre científico es Mimus Saturninus, vulgo: calandria. También hay quien afirma que los cocheros solían silbar mientras conducían y el ingenio popular asoció los silbidos del cochero y los colores del carruaje con los trinos y el plumaje de ésta ave pariente del cenzontle.

Carruajes de éste tipo siguen funcionando en muchas ciudades del mundo; lamento desilusionar a muchos paisanos que piensan que somos la única ciudad que preserva este medio de transporte que nos lleva a trote lento, sin prisa y permitiéndonos ver con mayor detenimiento la ciudad que sufrimos cotidianamente en autos y camiones pero que se transforma en apacible y evocadora al momento de recorrer sus calles acompañados del sonido de los cascos y el tintineo de bridas y herrajes. La estampa tradicional de Guadalajara que se dibuja en nuestra mente viene acompañada de una calandria frente al Teatro Degollado, en San Juan de Dios o en el Jardín de San Francisco; realmente se convirtieron en un icono turístico, un símbolo que contrasta la modernidad que vivimos con la nostálgica tradición que se resiste a morir. Lo mismo ocurre en otras partes de nuestro planeta, abundan las ciudades modernas y cosmopolitas que preservan sus calesas y cocheros fomentando los mismos valores tradicionales como lo hacemos aquí.

Sin embargo, hoy nuestras calandrias están en peligro; por una parte, el intenso tráfico que nos ahoga nos hace exigir que todo se acelere; no le podemos agregar horas al día y por lo tanto, no queremos que nada nos haga ir más lento; corren peligro nuestras calandrias pues hoy en día los tapatíos jamás las utilizamos, son escasos aquellos habitantes de esta urbe que se regalan un paseo por nuestro Centro Histórico a bordo de un carruaje de éstos. Corren peligro porque al no utilizarlas nosotros, poco a poco van perdiendo vigencia entre nuestras tradiciones.

Por supuesto que se considera que las calandrias merecen dar un trato digno a los caballos que les dan tracción; desde hace decenas de miles de años, los caballos han sido los principales aliados del ser humano en su desarrollo y progreso y es por eso mismo que es menester que las familias que obtienen su sustento de esta alianza entre equinos y humanos puedan brindarle las mejores condiciones a tan nobles animales. Otras ciudades lo han logrado; en otras partes ya han comprendido que la relación hombre-caballo no desaparece de plumazo y podemos ver que hoy en día, la utilización de animales ocurre bajo los debidos cuidados veterinarios y en buenas condiciones laborales para sus cocheros; tan importante es uno como lo es el otro.

Guadalajara recibe cada año a miles de visitantes y éstos dejan una derrama económica que activa a diversos sectores de nuestra sociedad, convenciones, exposiciones, feria del libro y festival de cine y un sinnúmero de actividades comerciales que implican turismo y magníficas oportunidades para nutrir nuestra economía local; por supuesto que venir aquí y no pasear en calandria es como no haber venido; vivir aquí y no haber paseado jamás en calandria es casi imperdonable; decenas de familias tapatías viven gracias a las calandrias, cientos de tapatios se sostienen de ellas; es entonces elemental solidaridad con nuestros vecinos el usarlas, el gozarlas y el defenderlas; exigir un trato justo para los animales y por supuesto, un trato justo a los cocheros.

Si el Ayuntamiento de Guadalajara está realmente preocupado por nuestras calandrias, puede perfectamente suscribir convenios con veterinarios profesionales y universidades para que los animales reciban la debida atención; puede el ayuntamiento revisar que las instalaciones en donde se ubican los paraderos de calandrias, cuenten con la infraestructura adecuada para usuarios, animales y cocheros; debe entonces el ayuntamiento pensar primero en preservar con mejores condiciones esta modalidad de transporte público no motorizado antes de intentar cualquier otra medida.

Seguramente alguien está asesorando mal al presidente municipal y no está valorando todo lo que ocurre en torno a las calandrias; más allá de ser una tradición, es también un modo de vida legítimo para muchas familias que lo han venido ejerciendo desde hace ya varias generaciones; ignoran que no sólo son cocheros, también fabrican sus carruajes, son guías de turistas, son el rostro de Guadalajara ante nuestros visitantes. No estaría nada mal que el ayuntamiento se preocupara por obsequiarles atuendos a los cocheros, que les brinde facilidades para la atención médica veterinaria y quizás hasta podría ayudarles con un espacio donde encerrar los carruajes y transportar a los caballos en remolques hacia sus corrales que se encuentran normalmente en la periferia de la ciudad y así evitarles tener que recorrer esa distancia. Antes los caballos pernoctaban en corrales dentro de la ciudad, ahora tienen que hacerlo en sitios distantes y así como se transporta a los caballos de la policía montada todos los días, también podría encontrarse la manera de que los integrantes de la asociación de calandrieros pudieran trasladar a los suyos reduciéndoles el esfuerzo que esto les implica.

Hay que usar las calandrias estas vacaciones por venir; hay que charlar con sus cocheros y luego podremos dar una opinión más objetiva una vez que conozcamos más de cerca la realidad que viven cotidianamente.

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