Donald Trump: una preocupación latente para México

Donald Trump: una preocupación latente para México

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Por: Carlos Anguiano.

En México, la clase política, los medios de comunicación y los generadores de opinión en sus diferentes ámbitos, están manifestando un inusitado interés por el desarrollo de las elecciones para Presidente de nuestro vecino del norte, los Estados Unidos de América, programadas para el martes 8 de noviembre de 2016.

La vecindad incómoda de una de las fronteras más largas del mundo, la cual se extiende a lo largo de 3.141 kilómetros desde el Golfo de México al Océano Pacífico, es fuente de intercambio comercial, factor transculturalizante en nuestra sociedad, causa de múltiples conflictos internacionales debidos a fenómenos de migración (el más conocido), uso de agua, mares territoriales, extracción de petróleo, comercio, preservación del medio ambiente, combate al narcotráfico e influencia política regional continental.

Las diferencias dogmáticas con un país que se auto nombra policía del mundo y defensor de América desde Alaska hasta donde se lo permitan, son grandes. Los estragos causados en su economía local, de Texas hasta California, contraponen los análisis financieros y a los operadores logísticos agropecuarios entre la conveniencia o no de la mano de obra barata y sin derechos legales de cientos de miles de mexicanos que cada año cruzan buscando empleo temporal, para ellos, bien remunerado, procurando alcanzar una versión apócrifa del sueño americano, que pretende no salir ya de su territorio y quedarse a vivir –sobre vivir- anhelando trabajo no agrícola, y perderse entre la multitud latina que ya radica legal o ilegalmente en la zona para burlar la ley americana y escapar de México, a donde la mayoría no desea volver.

En términos políticos, es conocido que la influencia que tuvo, conserva y preserva Estados Unidos sobre nuestro país, es parte dogmática en los postulados de ambos partidos políticos dominantes en su territorio, el Partido Demócrata y el Partido Republicano.

Palabras más, palabras menos, ambas vías postulan plataformas ideológicas y principios de acción que resultan en medidas pro americanas y en contra de la migración latina en materia de empleo, seguridad social, comercio, política internacional, leyes migratorias y otras áreas, que no son convenientes ni satisfactorias para los mexicanos, pero que a ellos les parecen preservadores del status quo de dominantes, de líderes, de ganadores, al más puro estilo del Tío Sam.

Durante cada episodio electoral americano, pareciera que los mexicanos le vamos apostando a ver qué candidato nos quiere dañar menos, a ver cuál partido pregona amnistías o cuál de las ofertas es menos racista, menos agresiva contra los latinos, quién oculta mejor sus intenciones xenófobas o la discriminación hacia los nuestros.

Lo cierto es que hoy avisoramos una nueva contienda Clinton versus Trump y nuevamente usamos memoria, entendimiento y corazón para participar remotamente en la contienda. Hoy, definidos los actores que encabezarán la disputa por la Casa Blanca, enfrentamos una embestida oral de uno de los dos contendientes, Donald Trump, que en nada agrada a los mexicanos, que somos atacados directamente en sus discursos y nos hemos vuelto parte fundamental en el plan de campaña que enarbola el personaje polémico, al atacarnos y señalarnos como causantes de las grandes desventuras americanas, enemigos de su cultura y dignos de ser discriminados y separados por un gran muro fronterizo.

Las tendencias registradas en las mediciones de opinión entre el electorado estadounidense que hemos conocido, exhiben una escalada sostenida de Trump, que surge de la risa, la burla, la incredulidad y la nada política, y una Hillary Clinton, quien tiene la candidatura del partido Demócrata, más no con ello el beneficio de la unidad de su partido en torno a su persona, y que se presenta ante el electorado con una pesada carga negativa originada por quienes no aprueban a su esposo, Bill Clinton, que fue el 42º presidente de los Estados Unidos por dos períodos, entre 1993 y 2001, así como la propia carga negativa acumulada por los detractores de la Senadora Hillary, para muchos, un exceso del poder, tras sacarla de la callada militancia en masa y convertirla en producto electoral expedito, micro ondeándola con la alta popularidad que su marido logró en su momento cúspide, la mayor de cualquier otro Presidente americano desde 1945, pues alcanzó el 76% de aceptación y una popularidad que pretende trasferir con resultado aún no medible.

Otra tendencia visible en comparativos de resultados históricos indicaría que le toca ganar la presidencia al partido de Trump, el republicano, producto del desgaste natural tras el doble período de gobierno del Gobernante por el Partido Demócrata, Barack Obama, pese a que su frescura y ruptura de protocolos, así como su estilo pulcro, sobrio y desenfadado, le conservan alta rentabilidad electoral.

El voto latino no es monolítico. Ni los paisanos ni los migrantes continentales mantienen relaciones homogéneas ni actúan en bloque procurando incidir en resultados. Son caza ventajas y obtienen beneficios inmediatos a cambio de apoyo, en vías de declaraciones en spots audio visuales y son fáciles de captar en redes de promoción del voto por cualqueira de los contendientes en campaña, pues carecen de conciencia colectiva.

Una cantidad interesante de latinos ha sido captada por la magia y los efectos de la mercadotecnia política, área de desarrollo de mensaje y estrategias de campaña donde hasta el día de hoy, Trump supera con claridad a Clinton, lo cual queda demostrado por el acelerado crecimiento en niveles de conocimiento, recordación, y aceptación positiva de mensajes con los que ha escalado en la lucha electoral a velocidad vertiginosa.

Encasillar al voto latino con Trump o con Clinton, es una falacia. Lo cierto es que en una elección entre dos aspirantes, con tan poco margen de diferencia en intención del voto, donde ninguno de los dos aspirantes expone superioridad manifiesta, apelar a “que le hace, va a ganar Clinton”, es sumamente distante, convirtiéndose en un deseo y no en un análisis objetivo. Válido es el apunte que nos refiere que “la esperanza no es método”.

Para quienes anhelan que pierda Trump, la clave fundamental debiera ser el modelo electoral americano, basado en votos por colegio electoral y no por cantidad de sufragios directos. Para quienes desean que gane Trump, debieran sugerir que asuma una posición más conservadora y conciliadora, toda vez que el ganador gobierna no solamente a los Estados Unidos de América, sino que a través de la política exterior, se vuelve una figura preponderante en la conducción de la política global y no debiera llegar con fundamentalismos manifiestos que le restarían autoridad moral.

Para los mexicanos, la clave no es que gane o pierda uno u otra. Lo ideal es intensificar nuestras relaciones comerciales internacionales con la Cuenca del Pacífico, con el Cono Sur, con la Comunidad Europea y sobre todo, abrir el inmenso mercado asiático, para ir decreciendo paulatinamente la dependencia económica que mantenemos con los Estados Unidos, generar mejores indicadores macro económicos que se reflejen en oportunidades de empleo y posibilidades de permanecer en México sin deseo de migrar en condiciones infra humanas a un país inhóspito si no tienes dinero y conservar integradas familias con mejor calidad de vida en México.

Gane quien gane, los mexicanos debemos tener memoria histórica y recordar que nuestra alianza con el vecino del norte es frágil, endeble y duradera sólo en casos que así le convenga a ellos. No olvidemos que los Estados Unidos no tienen amigos. Tiene intereses.

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